miércoles, 25 de febrero de 2015

"Sacar los restos".

En tiempos en los que negamos la muerte desafiándola temerariamente, en que tratamos de inutilizar sus efectos reales sobre nosotros negando el tiempo prudente de duelo y asimilación frente a la desaparición del ser amado; tiempos en los que la persona fallece a las 11 y se crema a las 12 para que los vivos puedan volver al trabajo a las 2, mi familia exhuma lo que queda físicamente de mi padre, cuatro años después, para llevarlo definitivamente a la tierra. 

 A este ritual se le llama popularmente "sacar los restos". Por estos días en que vivo otros duelos más individuales me he dado horas para pensar sobre "los restos", y sobre la necesidad de sacarlos paulatinamente, desidentificándonos de las presencias, de las costumbres y de la espera. Las nuevas generaciones no entienden esto; dicen que es "volver a torturar a los vivos", incluso hay quien cita costumbres tan lejanas como las de ciertos grupos tibetanos que llegan a desmembrar y diseminar al muerto para que nadie tenga sitio de enterramiento donde llorar o el alma un cuerpo a dónde regresar (intentando eliminar así la nostalgia del alma por este mundo).

 Entiendo a los más jóvenes que yo, es cierto que se confrontará la esposa, la madre, la hija, el hijo, nuevamente con el hecho cierto de la muerte y que pueden tenerse que vivir cosas calificables como no agradables a la vista (ahora nos gusta que todo sea agradable a la vista y lo es todo aquello que no tenga que ver con los aspectos tristes de la realidad). Pero también es cierta otra cosa: los seres humanos necesitamos rituales verdaderos y profundos, los cuales nos ayudan a trascender la simpleza de la vida en este mundo; todas las culturas tradicionales han tenido un ritual para cada cosa, el cual apoya a la consciencia en su crecimiento y no hay ni habrá mejor manera de trascender el ego y sus apegos, que la muerte y sus rituales.

 En el fondo tal vez yo tampoco quisiera vivir esto, pero además de considerar que acompañar a mi madre es un acto de alma, creo que es una obligación ética con ella pues creció en esa ritualística y le será de gran utilidad, de gran alivio. Y puede serlo para toda la familia, que lo que aún ande por ahí vinculado con él, algún sentimiento sin vivir, sea sacado a la luz y llevado a la tierra definitivamente. De eso se trata, eso significan "los restos", es decir, lo que queda, lo último, lo aún sin despedir. Allá los tibetanos que crecieron con otras imágenes, allá las nuevas generaciones que hacen lo que pueden con lo que saben y sienten.

 Por mi parte no tengo problemas en que me incineren y alimenten una matita conmigo o me disuelvan definitivamente en la Gran Madre Mar. Pido a la vida el tiempo necesario para desligarme antes de tantos apegos al cuerpo, a las cosas, a los otros y a esta forma de existir, sobretodo, para aceptar amablemente la forma de existencia que vendrá. Deseo que los otros logren hacer lo mismo conmigo.

 Es hermoso ver cómo este hombre me sigue inspirando. Gracias.


 Lisímaco Henao Henao. Febrero 26 de 2015. 0:10






martes, 17 de febrero de 2015

Metacognición, complejos y sueños: una perspectiva analítica.

Artículo publicado en la revista Katharsis No. 11 (Enero-Junio de 2011). 
Katharsis es una publicación del departamento de psicología de la Institución Universitaria de Envigado (Colombia). Puede accederse a la totalidad de la revista haciendo click AQUÍ



Metacognición, complejos y sueños: una perspectiva analítica.
  
Por Lisímaco Henao Henao 

Resumen

Partiendo del concepto de “metacognición” que postula la capacidad humana de auto-observación de los propios procesos de aprendizaje, el autor establece una relación empírica entre dichos procesos y el postulado junguiano de los complejos como personalidades parciales (subpersonalidades) a partir de las cuales se construyen las realidades y contenidos psíquicos en general tales como los sueños; desarrolla de este modo algunas ideas sobre la psicopatología, la psicoterapia y la construcción de teorías psicológicas, al tiempo que pone en entredicho la asignación del Yo racional como centro psíquico en el concepto psicológico moderno.

Palabras clave: metacognición, complejo, subpersonalidad, literalismo, simbolización, inconsciente, Yo, conciencia, proyección, Jung.

Abstract
Based on the concept of “metacognition” that postulates the human capacity for self-observation of their own learning processes, the author establishes an empirical relationship between these processes and the Jungian assumption of the complexes as partial personalities (sub-personalities), from which realities and psychic contents are constructed in general, as is the case of dreams. This develops some ideas about psychopathology, psychotherapy and the construction of psychological theories, while calling into question the allocation of rational self as psychic center in the modern psychological concept.
Keywords: Metacognition, complex subpersonality, literalism, symbolization, unconscious, Me, consciousness, projection, Jung.

......

"…existen contenidos inconscientes que formulan pretensiones innegables 
o irradian influencias con las que la consciencia, Nolens volens, ha de confrontarse."
Carl Gustav Jung (1927)

La metacognición como autosupervisión de los procesos de aprendizaje, fue introducida originariamente en los años 60´s por investigadores que la definieron como una capacidad humana general de tener memoria de los propios procesos de memoria (metamemoria). Posteriormente, el concepto se fue ampliando hacia otros campos de los procesos de aprendizaje y desarrollo cognitivo, de tal manera que Campione, Brown, y Connell (1996) llegan a concluir que abarca, al menos, tres dimensiones: a) la conciencia de los propios recursos y procesos para la solución de problemas; b) la supervisión, control y regulación de dichos recursos y procesos; y c) la evaluación, la capacidad de reflexionar sobre los alcances y limitaciones de los procesos cognitivos propios.

Teniendo en cuenta la etimología de la palabra, podemos afirmar que la metacognición se refiere a la posibilidad de existencia de una instancia observadora en nosotros, observadora de la cognición, pero, que estaría más allá de ella, instancia que monitorea, regula y reflexiona sobre los procesos que se dan en el camino del desarrollo.

El ejercicio de esta facultad permitiría a las personas educarse y construir a partir de un autoexamen continuo. El planteamiento no deja de ser sugestivo y bastante prometedor, frente a una educación que venía confiando y que, en muchas ocasiones, aún confía en que se aprende simplemente por instrucción exterior. La metacognición hace de nosotros, como aprendices, sujetos del aprendizaje y no simples objetos del mismo.

Me ha llamado poderosamente la atención el concepto, pues en mi propia experiencia como terapeuta, promuevo una serie de actitudes que muy bien podrían llamarse metacognitivas. La psicología profunda se basa en el reconocimiento de la existencia de conflictos y disociaciones entre diferentes unidades estructurales de la psique. Específicamente la Psicología Analítica iniciada por Carl Gustav Jung, postula que los llamados complejos constituyen dichas unidades psíquicas. Para comprender cabalmente el concepto de complejo y su contenido, es útil remitirnos a la manera como ciertas personas y pueblos admiten la existencia del fenómeno de la posesión, hablo de aquellas creencias que sostienen que la psique puede verse afectada por espíritus que afectan al Yo consciente y le hacen actuar de manera alterada. Existen, para estas personas, espíritus tristes, iracundos, enfermos, sucios, etc., y ya todos nosotros estamos más o menos familiarizados con los tratamientos que en ese contexto se aplican a dichas alteraciones.

Debido al desarrollo de la racionalidad en la modernidad, estas creencias han quedado fuera del campo de los fenómenos valorados por la disciplina que se hace llamar a sí misma ciencia psicológica o psicología, esto ha desencadenado una serie de ideas con respecto a aquellas manifestaciones que, no obstante la modernidad, se siguen presentando. La psicología resuelve el asunto creando modelos psicopatológicos que dan cuenta de cómo el Yo llega a ser afectado, de tal manera que ya no será un espíritu triste sino una depresión severa que padece el sujeto y, el otrora espíritu maloliente, se referirá a síntomas de un Trastorno Obsesivo Compulsivo. Esta moderna verdad también da como resultado una variada serie de tratamientos modernos.

Para la persona y en particular para el paciente que vive tales experiencias, éstas se le presentan en formas muy distintas de las que asépticamente tratan los manuales de los psicólogos y psiquiatras. La indagación clínica apunta a que son sentidas en lo más íntimo como fuerzas oscuras que toman el poder del Yo. Algunos pacientes que han sido ilustrados por la psicopatología pueden llegar a nuestros consultorios con el cuadro como autoexplicación, pero rápidamente el lenguaje se hace más florido y aparecen frases como “yo no quiero ser así” o “yo no quiero actuar así” o “yo no soy así”, vienen entonces relatos en los que es evidente que la voluntad del yo ha estado presente como fuerza que intenta oponerse al síntoma; asimismo, se han ensayado pequeñas estrategias, se han hecho propósitos firmes, promesas, aleccionamientos y, sin embargo, esta otra fuerza parece haber usurpado el poder que a nuestro Yo le hemos conferido gracias a nuestros procesos de subjetivación. Podríamos afirmar entonces que “otras fuerzas de voluntad” han triunfado sobre la voluntad del Yo.

Otros pacientes, ilustrados por la teoría psicológica, vienen conociendo claramente las causas que provocan su malestar: los padres, la educación, los fallos cognitivos, la falta de voluntad, etc. y, sin embargo, este conocimiento no es suficiente para conjurar el mal.

La observación de estos hechos fue la que llevó a Jung a aplicar a sus pacientes un test al que llamaba “Experimento de asociación de palabras” (1934), el cual consistía en la presentación de una serie de palabras estímulos ante las cuales el examinado debía responder con otra palabra. Eran registrados los tiempos de reacción y otras variables de la ansiedad como el pulso y la sudoración.

Estas investigaciones, realizadas entre 1904 y 1906, llevaron a Jung a pensar que existía en la psique una subpersonalidad independiente del Yo consciente, que afectaba las respuestas de los examinados, esta premisa se evidenciaba durante el trabajo terapéutico posterior al examen de asociación, puesto que aparecían ciertos temas problemáticos asociados con las palabras que habían generado más alteraciones. Es así como, decidió llamar “Complejos” a estas subpersonalidades, debido a que estaban constituidas por una gran variedad de imágenes o representaciones agrupadas en torno a un núcleo. Estos complejos tenían evidentemente un carácter inconsciente y se preguntó por el valor energético del complejo; es decir, por la carga emocional con que es capaz de afectar al Yo consciente, llegando a la conclusión de que era la fuerza del afecto vinculado a dichas imágenes, lo que las hacía tan poderosas como para ascender desde lo inconsciente hasta la conciencia.

Para Jung el complejo es “la imagen de una situación psíquica determinada, intensamente acentuada desde el punto de vista emocional y que además se revela como incompatible con la habitual situación o actitud consciente” (1934).


Este concepto fue enriquecido con la postulación del Complejo de Edipo por parte de Freud, quien le dio al complejo una forma específica, adjudicándole una imagen definida que tomó del mito griego. Jung se unió de manera entusiasta a esta aportación; pero, poco a poco, fue tomando otro rumbo hasta formular que el complejo de Edipo era uno más entre muchos posibles y no necesariamente el más determinante. Dicho de otra manera, si aceptamos que el mito expresa una profunda verdad humana de una manera simbólica, podría haber tantos complejos como mitos existentes en las diferentes culturas.

Esta idea descubierta por Freud, la de que los mitos encarnan, dió personalidad a nuestros complejos, propiciando toda una corriente de aplicaciones de la imagen literaria como expresión del complejo; descubrimos, así, que el complejo tiene una fuerte tendencia a personificarse, a tomar una forma autónoma en la imaginación (Hillman, 1975). A este planteamiento vinieron a apoyarlo dos fenómenos más, a saber: la proyección y los sueños.

La proyección se define como el hecho de trasladar al afuera los contenidos psíquicos personales. La proyección es por sí misma un proceso inconsciente y se hace evidente en la manera como odiamos o amamos exageradamente a personas del entorno. Un análisis minucioso nos demuestra rápidamente que este odio o este amor se basa en la puesta en el afuera de características o valores propios no reconocidos por la consciencia; el adagio popular dice: “cuando Juan habla de Pedro, habla más de Juan que de Pedro.” De esta manera la proyección vendría a ser una forma de personificación, mediante la cual nuestros propios complejos son vistos como algo externo; esto es, una estrategia defensiva que ahorra al sujeto, provisionalmente, el gasto energético y moral que supone tener que enfrentar aquellos elementos oscuros y desconocidos.

La interpretación de los sueños lleva a esta misma conclusión: nuestros sueños son fabricados por nuestros complejos, son ellos los actores que, cada noche, nos ponen frente a realidades ignoradas por la conciencia. En los sueños  podemos ver aparecer, con más claridad, el mecanismo de la personificación. Nuestros complejos toman el disfraz del resto diurno, de los eventos del día y los combinan de maneras creativas para poder “vestirse” de una manera más o menos comprensible. Los sueños son el vehículo por medio del cual lo inconsciente, nuestros complejos, busca mostrarse. Por supuesto debe existir un método que pueda comprender esas narrativas, esos dramas, esas puestas en escena a las que somos invitados cada noche y es necesario un método porque el lenguaje inconsciente es un lenguaje ajeno a lo que somos cuando despertamos. Es un lenguaje mítico-poético, y es por ello que el mito suele ser tan adecuado para entender ciertos complejos.

La tendencia de la psique a personificar fue percibida tempranamente por Freud y por Jung e, inclusive, influyó en sus elaboraciones teóricas. Conviene citar unas palabras de Anna Freud, en la introducción al artículo de su padre intitulado “El Yo y El Ello”, en el que afirma lo siguiente:

Los oponentes de Freud le reprocharon con frecuencia el haber procedido de un modo no científico, por cuanto daba nombres propios a estas instancias recientemente postuladas (Yo, Ello y Súper-yo); comparaban despectivamente esta caracterización terminológica con una descripción de figuras mitológicas. Sin embargo, fue precisamente esta personificación de las construcciones teóricas lo que puso de relieve, tanto para el analista como para el lector profano, las contradicciones de su propia persona, haciéndolas quizá más visibles por primera vez. El hecho de que ningún ser humano constituye una unidad, que las disarmonías internas son inevitables, sólo se vuelve inteligible cuando podemos discernir con claridad sus distintos orígenes, sus distintos contenidos, los distintos mecanismos y fines de cada instancia por separado (Freud, 1986).

Evidentemente se presenta un tema fundamental para la psicología y es el de la imaginación, la posibilidad de percibir las imágenes de nuestros procesos psíquicos. Hacer evidente y discernir con claridad el carácter consciente e inconsciente de la psique es una tarea que no se logra con los duros conceptos científicos, en tanto que la psique es atraída por la imagen; mediante ésta nos relacionamos con el entorno y a ello se debe que la personificación sea el modo activo como el alma se siente viva y construye la realidad. Más bien tendríamos que añadir que el concepto científico es un tipo de imagen particular que se le presenta a la razón con la apariencia de objetividad, pensemos, por ejemplo, en el concepto de energía que ha sido utilizado en este escrito. ¿Qué es la energía?, en primer lugar, tenemos las definiciones de la física, sus componentes son partículas u ondas, lo cual nos lleva a la imagen ¿se imaginan ustedes esas partículas y esas ondas?, si no lo hacen no podrán entender el concepto y si el físico no lo hace, entonces no podrá verlas en sus experimentos. En otros entornos la energía no daba este rodeo moderno y, directamente, se expresaba como una imagen: el dios Marte, por ejemplo, como energía agresiva o de la autoafirmación. En ambos casos se cumple lo dicho por Jung “el alma crea la realidad cada día mediante la imaginación”, trátese de la imaginación al servicio de la física moderna o de la mitologización.

Asimismo, nuestros síntomas seguirán siendo sólo eso, molestas expresiones de lo que la psicología conceptualizará como lo inconsciente o el complejo o ideas irracionales, mientras no percibamos su imagen, su modo de personificarse, momento en el cual ya podremos relacionarnos con ellos de tú a tú. Es esta la base fundamental de la psicología analítica y de su tratamiento de las llamadas enfermedades psíquicas que realiza mediante la activación gradual de la capacidad del paciente de percibir la forma imaginal de sus diferentes contenidos psíquicos.

Sueño de una noche toledana. Carlos D. Pulido (2010)
www.artelista.com
En primer lugar, el trabajo con las proyecciones y con los sueños, permite ampliar el rango imaginativo necesario para dicha percepción. También, se concibe el trabajo con personajes de ficción (cine, música, literatura, mitos, etc.) como una herramienta posible de utilizar, en tanto ellos ejercen de por sí una fuerte atracción sobre nosotros. De igual manera, nuestras actitudes representan personificaciones de los complejos, piénsese en la fuerza con la que enfrentamos nuestras ideas políticas, científicas o religiosas; en la mayoría de las ocasiones podemos darles forma específica como si fueran seres vivos que, con vehemencia, hablan por nosotros.

El siguiente paso será el de establecer un diálogo con dichos elementos aislados y personificados por el trabajo terapéutico. Con frecuencia se hace doloroso debido a que en estos diálogos se confrontan elementos nuestros que no queremos aceptar: ¿cómo dialogar con lo que representa la persona que más detesto como si fuera alguien que en mí habla de lo que yo también soy? Es evidente que a este proceso no se llega de la noche a la mañana y requiere un tiempo de educación que consiste en ejercitar el complejo creativo de la personalidad, aquel que nos permite imaginar y re-crear nuestra realidad que poco a poco a caído en el literalismo; esa tendencia a pensar que en el mundo objetivo existe sólo objetividad y que mi trastorno es algo que Yo tengo, que yo debo manejar, un quiste del que sólo puedo deshacerme mediante un esfuerzo del Yo. Pero la realidad es otra, este trastorno es una realidad psíquica que toma la forma de mi síntoma, pero que puede tener otras formas si me relaciono con ellas de manera creativa, comprendiendo que no son cosas que yo tengo, sino que son elementos de mi alma con tal autonomía que probablemente sean ellos quienes me tengan a mí y que tienen algo que decirme acerca de funciones psíquicas y actitudes que debo reconocer y, quizás, integrar en la conciencia.

El concepto de metacognición enunciado al principio, nos pone entonces sobre la pista de una posibilidad terapéutica, mediante la cual podemos desarrollar “la capacidad de sostener diferentes estados subjetivos y pensar en ellos dese diferentes perspectivas” (Young-Eisendrath, 1999). De hecho, nuestros complejos ya nos hablan continuamente, uno puede percibir esas voces que desautorizan o ensalzan lo que hacemos, los autoreproches, las malas intenciones, los odios que rápidamente queremos olvidar, etc. La pregunta al paciente, entonces, no es ¿por qué piensas eso? o ¿Cómo es que sientes eso?, la pregunta será: ¿quién en ti se siente o piensa así? Una cognición desarrollada así permitirá un acercamiento a nuestros síntomas que es nuevo y menos culposo para el Yo; pero, al mismo tiempo, exige del Yo una flexibilidad muy grande, pues nuestro yo no cede fácilmente ante la idea de que él no controla, de que es uno más entre los sistemas psíquicos que generan ideas, que se oponen a la realidad y que luchan con la vida.

En este orden de ideas, la promoción de la metacognición en psicoterapia analítica es un cometido que sólo se logra mediante la interacción constante de ejercicios que buscan, por un lado, la flexibilización del Yo y, por el otro, el desarrollo de la imaginación. En muchísimos casos, sobre todo en aquellas personas que han integrado eficientemente las ideas modernas de objetividad y claridad racional, estos dos logros (flexibilización del Yo y desarrollo de la imaginación), son los más difíciles y, en muchos casos, les parece preferible a estos pacientes soportar el síntoma debido a que son más fuertes en ellos estos “complejos de la objetividad y del control del Yo”, sancionados positivamente por gran parte de la cultura occidental.

Con relación a lo anterior, es preciso aclarar que el concepto de complejo no es un concepto exclusivamente patológico. Si el complejo es una constelación de imágenes cargadas afectivamente, tendremos que aceptar que nuestras ideas, nuestras religiones y nuestras ideologías, son complejos compartidos y por lo tanto considerados normales. Ellos tienen imágenes y una fuerza afectiva tremenda que nos lleva a seguirlos y a invertir nuestros valores (nuestra energía) en su mantenimiento. Por supuesto que a los capitalistas o a los marxistas no les gustará mucho que les digan que están fascinados por un complejo (sobretodo por el aura patológica que este concepto tiene en el argot popular); pero, tendremos que reconocer que ello es así y que funciona exactamente como una fuerza rectora que está integrada en el complejo del Yo ¿o acaso se considera usted enfermo si en un partido de futbol canta, grita gol o se dirige al director técnico? No. Es usted simplemente un aficionado al futbol. De igual manera, en ese fantástico encuentro de colegas, podemos ver las corrientes psicológicas como complejos de representaciones a las que nos adherimos afectivamente. Un psicólogo actuará activado por el complejo gestáltico, otro por el complejo freudiano, el lacaniano, el cognitivo, el junguiano, etc. En este fenómeno vemos un ejemplo claro y paradigmático de cómo se comporta y cómo nos comportamos cuando somos objeto de un complejo: por un lado, hay una constelación de imágenes que, en nuestro caso, sería el conjunto de conceptos que se enlazan de forma coherente y, por el otro, hay una energía, una cantidad afectiva que atrae al Yo y genera en él una actitud. En algunos casos la imagen es el fundamento, pero es ahí donde puede caerse en el error del dogmatismo, el cual sí podría ser bien patológico, puesto que impide el diálogo entre las diferencias. Claro está, si hay suficientes dogmáticos, probablemente ya no se consideren a sí mismos como enfermos.


Referencias

Freud Anna (1986). Introducción a El Yo y el Ello. En: Freud, Sigmund (1996). Los textos fundamentales del Psicoanálisis. Barcelona: Altaya.
González, Fredy (1996). Acerca de la metacognición. Universidad Pedagógica Experimental Libertador, Venezuela. Recuperado: 10/05/2008. En:
http://www.revistaparadigma.org.ve/Doc/Paradigma96/doc5.htm.
Hillman, James (1999). Re-Imaginar la psicología. Madrid: Siruela.
Jung, C.G. (2004). Psicología Analítica y cosmovisión. OC 8, § 713. Madrid: Trotta.
———— (2004). Consideraciones generales sobre la teoría de los complejos. OC 8, § 201. Madrid: Trotta.
Young-Eisendrath, Polly (1999). Género y contrasexualidad: la contribución de Jung y su desarrollo posterior. En: Young-Eisendrath y Dawson, Terence (compiladores), (1999). Introducción a Jung. Madrid: Cambridge University Press.

jueves, 12 de febrero de 2015

El retorno del vampiro. Una imagen arquetípica

El tema del Vampiro como compensación del Inconsciente Colectivo.




El primer capítulo de la autobiografía de Jung* nos acerca a un fenómeno inusitado: la aparición, en un niño, de sueños llenos de imágenes primitivas y oscuras sobre una divinidad subterránea, que al parecer vienen a compensar la fe perdida o la falta de fe del mundo que lo rodea. Uno podría pensar nuevamente en el clásico postulado de la psicología profunda de que el niño es el síntoma de los padres o de la familia, pero se quedaría corto al ver la manera como los sueños infantiles de Jung, sus fantasías y sus miedos, más que traer un mensaje para la familia, eran el germen de todo aquello en lo que él se convertiría, en otras palabras, esas vivencias infantiles anunciaban al futuro Dr. Carl Gustav Jung, explorador del inconsciente e ilustrador principal de la que hoy es una popular imagen colectiva: la renovación del espíritu occidental.


A nivel colectivo es evidente que en nuestro tiempo vivimos los años del resurgimiento de una imagen muy particular: la del vampiro. En la cultura popular (literatura, cine, televisión y música), en la moda e incluso en movimientos juveniles, la estética y las emociones vampirezcas, este personaje campea con gran libertad. El vampiro ha alcanzado un rebozado brillo tras haberlo perdido hace años cuando en el siglo XX el conde Dracula hizo de las suyas en el cine. Pero esta moda cinematográfica se basaba en una explosión anterior del tema, en el siglo XIX, cuando surgieron gran variedad de novelas como “El Vampiro” de John William Polidori (1816)[1], “Familia de Vampiros” de Alexei Tolstoi (1847)[2], “El Parásito” de Sir Arthur Conan Doyle (1894)[3], “La Bella Vampirizada” de Alejandro Dumas (1849)[4], “La Buena Lady Ducayne” de Mary Elizabeth Braddon (1896)[5] y, por supuesto, el fantástico y no tan irreal “Drácula” de Bram Stoker (1897)[6]. Según el excelente trabajo de la psicóloga junguiana Cristina Hincapié, titulado “La Sombra del Vampiro”**; estos relatos dan cuenta de la manifestación del arquetipo de la sombra y su tema preferido: la muerte, como una forma de expresión de lo destructivo y lo azaroso que también hace parte de la vida. Cristina analiza esta imagen desde variados ángulos para demostrar que se trata realmente de una imagen arquetípica que incluye símbolos como la sangre y su ingesta, la antropofagia, la resurrección, el fantasma y los miedos nocturnos, etc.

Ahora bien. Al parecer el ambiente familiar que rodeaba al pequeño Jung, es el ambiente que ahora nos rodea por todas partes. Si bien para muchas personas en el mundo los símbolos cristianos aún están vivos y contienen la energía específica de lo que en nosotros necesita imágenes divinas, también es cierto que para muchas, muchísimas otras, estas ya no les dicen nada y nada parece reemplazarlas conscientemente. Algunos afortunados han logrado encontrar formas espirituales que compensan el vacío dejado por el cristianismo, mientras que otros adhieren su fe a pseudodioses brillantes y poderosos; una fe que se expresa en los variados cultos al cuerpo, al dinero, al éxito personal, a la razón, a una teoría, a la política o incluso a una estrella de rock, cine o televisión… pero el alma imaginativa se resiste a tan superflua sustitución, más tarde o más temprano la psique parece producir algún sucedáneo, alguna imagen que le resulte más coherente a sus necesidades y que sirva como soporte más firme para aquella energía destinada a los símbolos de lo trascendente.

Yo supongo que la imagen del vampiro responde a aquellas necesidades y canaliza dicha energía. Lo mismo que el falo subterráneo en el sueño infantil de Jung, el vampiro vuelve a poner a muchos jóvenes y adultos en relación con la imaginería del “mundo de los dioses”, al que según el mismo Jung corresponde “todo lo sobrehumano, la luz cegadora, la oscuridad del abismo, la fría apatía de lo ilimitado en el tiempo y en el espacio, y lo siniestramente grotesco del irracional mundo del azar.” Al leer esta descripción de la divinidad proyectada en el vampiro muchos se preguntarán por el lugar de lo que se les ha dicho sería "la parte buena de Dios"; al parecer esta quedaría relegada al complejo del ego, a sus ideales y sus autodefiniciones, unos ideales tan arraigados en la consciencia que la imagen pagana que viene a sobrecompensarlas tiene que traer la oscuridad que falta, la dosis de muerte y realidad de que carece el dios totalmente bueno que, aunque perdido perdida la fe, pervive como ilusión proyectada en los cultos que mencioné más arriba y que suponen reemplazarlo.

Lo que sabemos por la forma en que Jung interpreta sus sueños infantiles, es que este reservorio de posibilidades imaginales que es el inconsciente colectivo está pleno de paganismo. Rafael López-Pedraza en su “Ansiedad Cultural”***, nos invita precisamente a percibir la dicotomía entre un Yo que se mantiene monoteísta (una sola ideología, una sola forma de definir la familia, el estado, la pareja, etc.), y un alma politeísta (que se muestra en sueños y síntomas completamente "desordenados") pues, de no hacerlo, de no apreciar esta división, nos perdemos en la unilateralidad y la represión, que sólo producen neurosis o psicosis.

La saga crepúsculo, una de las más exitosas en la cultura popular actual, desgrana esos dioses paganos que vienen a compensar la falta de imágenes de una consciencia desvanecida en el éxtasis de la literalidad; junto a ella vemos el pulular de otras películas cargadas de simbolismos paganos: La brújula dorada, El señor de los anillos, Narnia, Inframundo, Hellboy e incluso Matrix, esa gran metáfora de los dioses del hades representados por el mundo “siniestramente grotesco” de las máquinas. En contraposición Hollywood quiere rescatar al Superman completamente bueno, pero dudo mucho que pueda contra los X-Men mucho más polimorfos y polivalentes, con los cuales tenemos mejor relación ya que necesitamos ese lado oscuro para compensar el brillo unilateral de la oferta del éxito capitalista.

Muy en contra de los "superbuenos", el vampiro evita la luz, la cruz y la moral. El vampiro original, el conde Vlad o Drácula, sufría por no poder tocar el amor, en Crepúsculo puede tocarlo pero al no soportarlo tiene que transformarlo en vampiro, es decir, la oscuridad absorbe toda la luz, un riesgo que se corre con la sobrecompensación de lo inconsciente, un riesgo que atravesó Jung sin no pocos tropiezos encontrándose incluso al borde de ser tragado.



Desde niño Jung conoció que Dios se le mostraba a él de una manera inusitada, esto lo calmó y sanó su neurosis infantil pues le dio una dignidad y un secreto que nadie conocía, es decir, una individualidad con la que trabajar por el resto de sus días. Con el paso de los años iría acercándose a esta imagen mediante el trabajo con las imágenes intemporales. Luego de salvarse de ser tragado por el lado oscuro de la divinidad, pudo integrar este aspecto con el lado luminoso, recuperar la certeza de lo divino y sentirse integrado con ambos lados. Contó para ello con la suerte de encontrar la alquimia, la mitología y las religiones orientales (aunque a estas las veía igual de divididas).

¿Tendremos nosotros la misma capacidad y la misma suerte que Jung o seremos tragados por el vampiro, volviéndonos cada vez más fríos al ser seducidos por el poder que da la sensación de estar desalmados, muertos en vida, carentes de símbolos?

Recuerdo que hace unos años una amiga me contó que su hijo adolescente se había aficionado a la literatura de vampiros y que ahora no podía dormir, pensando que uno de estos seres entraría por su ventana. Le pregunté si en su casa se practicaba algún tipo de espiritualidad, a lo que respondió que no había ninguna, que tanto ella como su marido habían sido producto de la vida universitaria más racionalista y que así habían criado a sus hijos. Entonces le explique que muy posiblemente su hijo estaba expresando un asunto inconsciente en la familia mediante una imagen arquetipal, colectiva. Que la búsqueda religiosa es propia de la vida, pero mucho más de la adolescencia pues se necesitan estas cuestiones en el debate entre lo individual y lo colectivo, lo real y lo irreal. Que en su hijo esto estaba ocurriendo para él y quizás para la familia. Le propuse que hablara con el chico y le preguntara qué era lo que le había atraído de esa literatura.

Más adelante me contó que lo que le había conmovido a su hijo era el poder mágico sin límites, el poder de volar y una sexualidad algo oscura. Al escuchar esto le pregunté: en la imaginería cristiana ¿qué seres tienen estos mismos atributos?... puesto que ella estaba muy alejada de todo eso no pudo responderme, así que le sugerí la imagen del ángel, el cual tenía poder mágico, poder de volar y una sexualidad ambigua (aunque tradicionalmente se supone que no tienen sexo esto no es tan exacto pues según el libro de Tobías los ángeles bajaron a la tierra y copularon con las humanas, dando como resultado la estirpe de los gigantes). Es bueno también recordar que los ángeles tienen trato con los demonios que son de alguna manera sus primos hermanos, todo esto por sólo mencionar algunas de sus características judeocristianas (los ángeles son originariamente de oriente, más exactamente del sitio que hoy se conoce como Irán).

Mi amiga compró una figura de un ángel y leyó con su hijo la oración del ángel de la guarda. El insomnio entonces desapareció casi completamente. No he sabido más del chico y no es mi deseo que se hubiera pasado al otro extremo convirtiéndose en un fanático de la luz, pues entonces habría desperdiciado el regalo que le traía el vampiro, el mismo que le trajo el falo subterráneo a Jung: la consciencia de un secreto profundo sobre la coexistencia de la luz y la oscuridad en todo, una consciencia integradora que nos salvaría de unilateralidades, fanatismos y neurosis varias.

Coda:

En 2014 ha aparecido una nueva versión de Drácula, esta vez se le ha transformado en una especie de superhéroe, un movimiento interesante ¿qué podría significar para la consciencia colectiva esta transformación de la imagen?... el fotograma que muestro aquí es muy sugerente en relación con la del ángel de la guarda ¿no?




Lisímaco Henao Henao.
Analista junguiano IAAP
23 de Julio de 2013








[1] Dumas, Alexandre; Polidori, John William; Tolstoi, Aleksei; y otros.  LOS VAMPIROS NO MUEREN.  Colección Cara Oculta Editorial.  España.  1991.
[2] Ibíd.
[3] Braddon, Mary Elizabeth; Conan Doyle, Artur; Gilbert, William; y otros.  VAMPIROS EXTRAÑOS.  Colección Cara Oculta Editorial.  España.  1991.
[4] Dumas, Alexandre; Polidori, John William; Tolstoi, Aleksei; y otros.  LOS VAMPIROS NO MUEREN.  Colección Cara Oculta Editorial.  España.  1991.
[5] Braddon, Mary Elizabeth; Conan Doyle, Artur; Gilbert, William; y otros.  VAMPIROS EXTRAÑOS.  Colección Cara Oculta Editorial.  España.  1991.
[6] Stoker, Bram.  DRÁCULA.  Editorial Oveja Negra.  Bogotá, Colombia.  1984.

* La biografía de Jung es "Recuerdos, Sueños, Pensamientos". Ed. Seix Barral. Barcelona 1999
** He tomado el rastreo de la historia del vampiro en la literatura del trabajo de Cristina Hincapié "La sombra del vampiro". Tesis de pregrado en psicología Universidad de Antioquia. 2008
*** Rafael López-Pedraza. "Ansiedad Cultural". Editorial Festina Lente. Caracas 2009


miércoles, 4 de febrero de 2015

Un apunte sobre el autismo

Un apunte sobre el autismo

Copyright Lisímaco Henao Henao. Analista Junguiano IAAP

(2 de abril, día mundial de la consciencia sobre el autismo)



Freud había dado el nombre de "autoerotismo" a ciertos comportamientos observados en niños y adultos y relacionados con una ausencia casi total de contacto con el mundo exterior y un encerramiento psicótico en el mundo interior. En una carta de 1907, Jung le comunica a Freud que su maestro Eugen Bleuler (del psiquiátrico de Zurich) parece rechazar dicha denominación por parecerle muy cargada de contenido sexual y, a cambio, usa el termino "Autismo" (del griego "Autos", que significa "uno mismo"). 

Por su parte Jung aplicó su concepto de "introversión" a dichas manifestaciones, pues en su opinión estas personas están en un extremo de una actitud normal; en otras palabras, es perfectamente normal que una gran parte de la población dirija su atención preferentemente al mundo interior (diferentes estos a los "Extravertidos" que dirigen gran parte de su atención al mundo exterior y sus reclamos), siendo las personas "autistas" las que viven la introversión de una manera exagerada, que a todos nos resulta difícil de comprender, de aceptar y de vincular con nosotros, por lo que las concebimos como patológicas.



Las características generales del autismo son:



1. Extremo aislamiento

2. Exigencias de inmutabilidad (que objetos, personas y estímulos para nada cambien en el entorno).
3. Estereotipias gestuales (gestos que se repiten una y otra vez sin ningún sentido aparente).
4. Trastornos del lenguaje (algunos no hablan nunca ni se comunican con gestos o señales, otros usan unos pocos sonidos ininteligibles para comunicarse y suelen usarlos sin el objetivo de comunicarse).

El trastorno suele aparecer hacia los dos años de vida. Es en este punto donde me llama la atención una cosa: es a esa edad a la que empezamos a exigir de los niños unas conductas "adecuadas". Leyendo los manuales psiquiátricos encontramos repetidamente sinónimos de esa palabra, tales como "lo apropiado" o "lo usual"; es decir, estos niños no responden de manera apropiada al entorno o lo hacen de forma inusual. 

Esto último me da una pista sobre el sentido del aparecer de estos niños (y adultos) en nuestras culturas occidentalizadas. Ellos nos invitan a revisar nuestros criterios sobre "lo adecuado" en el vivir. No estoy afirmando que la patología no existe o que no se deba tratar, por el contrario, creo que debemos tratarla con respeto pues nos avisa de unos patrones exageradamente extravertidos y condicionantes. Estas personas tal vez nunca cumplan con nuestras expectativas, quizás nunca nos sonrían o nos den las gracias, así que exigen de nosotros y nosotras un grado de amor por la vida que es casi incondicional (de hecho algunos investigadores como Bruno Betelheim y Erikson relacionaron el origen del autismo con el rechazo de las y los cuidadores a la no expresividad del niño).

En los años 40 el pediatra vienes Hans Asperger publicó sus trabajos sobre el Autismo y en ellos hablaba de los "niños profesores". Allí nos ofreció una variante que ha sido ampliamente explotada en la cinematografía. Quizás hemos visto la película "Rainman", en la que Dustin Hoffman hace de un hombre brillante para el cálculo matemático y la memoria de datos numéricos (en una escena memoriza toda la guía telefónica). Asperger observó a varios niños que concentraban su atención e inteligencia en un estímulo en particular y se hacían así "especialistas", aunque conservaban los otros elementos del trastorno psicológico; de hecho, como suele suceder en casi todas las ramas del saber, parece que el mismo Asperger era uno de estos personajes pues él se especializó en la obra del poeta alemán Franz Grillparzer e incluso la memorizó. Asperguer observó como estas personas chocan con un contexto que no comprende sus particularidades y los trata como "excéntricos" o simplemente "enfermos". En este punto me pregunto ¿no seremos diferentes sólo en grado de estos chicos de Asperger? ¿No será eso que nosotros llamamos nuestras "pasiones" sólo aquellos elementos que atraen toda nuestra atención?. Yo por lo menos sólo puedo concentrarme bien en unos pocos temas y en cambio suelo desconfiar del eclecticismo (o quizás el eclecticismo es un foco de atención para algunos).

El mundo necesita tanto de la atención al mundo exterior como al mundo interior y occidente no es precisamente el mejor lugar para el concentrarse en la vida interior; el ruido, las modas, los vertiginosos cambios tecnológicos y la prevalencia de la imagen hacen que el detenerse y mirar el movimiento del alma resulten contradictorios y, para algunos, casi anormales. Sería bueno reflexionar sobre nuestra necesidad de un cierto grado de autismo ¿no será lo que quiere decir el aparecer de esta patología? ¿una denuncia de la subvaloración colectiva con respecto a la introversión?. Recordemos que los introvertidos suelen ser los más acosados, criticados y comentados de las familias, los grupos, las empresas, etc., nos parecen lentos, callados o tímidos, como si amenazaran nuestros logros de comunicación (ya excesiva) y de relación con los objetos (no menos excesiva, hasta el materialismo).

En el nuevo manual de psicopatología que se publicará este año (en el que, les aseguro, cabremos todos y todas), el autismo pasará a llamarse Trastorno del Espectro Autista (TEA) y yo lo recibo con agrado. La palabra "espectro" señala allí la gran variabilidad de la alteración psicológica autista y, para mí, la necesidad de su tratamiento y consciencia, en el sentido de preguntarnos por nuestro lugar, el de la familia y la cultura en general en ese amplio espectro. 

Coda: además, ¿el término "espectro" no sugiere algo profundamente humano?

(fotograma de la película Rainman (Barry Levinson 1988), con Dustin Hoffman y Tom Cruise)