miércoles, 11 de marzo de 2020

Seminario: Lo Femenino, Lo Masculino, Lo Andrógino. Opción On Line

Las raíces de dos de los grandes arquetipos descubiertos por Jung (Ánima y Animus), sus imágenes arquetípicas más antiguas y sus formas actuales. También una visión integrativa en torno a un símbolo que parece renacer en nuestros días con mucha fuerza: El Andrógino.

También On Line

Marzo 14 de 2020
9 a.m. a 5 p.m.
Costo: 200.000 pesos ó 80 USD (con opción ON Line).

Dirige:
Lisímaco Henao Henao.
Psicólgo U. de A. (Medellín 2000)
Master en Psicología Analítica U. R. L. (Barcelona 2003)
Analista Junguiano IAAP-SCAJ (Copenhaguen 2013)
Supervisor Didacta IAAP (Bogotá 2018)

Informes
correo: eventos@jungcolombia.com
whatsapp: +57 314 800 59 79

La imagen puede contener: flor, planta, texto y naturaleza

viernes, 29 de noviembre de 2019

Cursos y Seminarios 2020-1 con opción virtual

Ofrezco aquí visión general de los Cursos y seminarios intensivos para el primer semestre de 2020

TODOS LOS CURSOS CON OPCIÓN VIRTUAL (On Line)

Generalidades:

LOS CURSOS son de 8 sesiones de dos horas cada curso. Dos sesiones por mes.
Todos los cursos pueden tomarse de manera virtual.
Cada curso tiene un costo de $400.000 o 130 Dólares. 
Cupos limitados. Separa tu cupo escribiendo a eventos@jungcolombia.com

LOS SEMINARIOS serán 4 y trataremos temas independientes, cada seminario de un día. Sábados de 9 a.m. a 5 p.m. Ver fechas más abajo..
Cada seminario tiene un costo de $200.000 (virtualidad por definir).



Detalles sobre fechas, forma de pago y más escribiendo a
eventos@jungcolombia.com
Blog de Casa Jung Medellín
www.jungcolombia.com
Canal de Youtube:

#psicologíaonline #psicologíajunguianaonline



martes, 6 de agosto de 2019

LA BOMBA ATÓMICA en la psique colectiva.

Hoy se cumplen 74 años del uso "eficiente" de la bomba atómica.

En una serie de historias titulada "Las aventuras del Barón Munchhausen", adaptadas varias veces al cine, hay una escena en la que el protagonista desciende al fondo del monte Etna y allí dialoga con Hefestos (Vulcano), dios de la fragua, artesano por excelencia, el dios cojo y despreciado por los demás incluida su madre y su padre (Hera y Zeus). En la película de 1988 vemos al Barón pidiéndole al dios que le venda armas para su causa, Hefestos le muestra su lugar de trabajo y todos los esclavos que tiene a su disposición, luego de esto pasa a mostrarle su gran invento, ¡la maravilla de las maravillas que revolucionará el arte de la guerra!: "Con esta arma usted destruye al enemigo junto con sus casas, sus caminos, sus perros y sus gallinas ¡y lo mejor! NO TIENE QUE VERLO, todo sucede a distancia". Al escuchar esto el Barón, con su acostumbrado sarcasmo contesta "¡y así qué gracia tiene!".
Hefestos no es, por supuesto, el dios de la guerra, pero sí tiene la habilidad de construir cualquier cosa de cualquier material, siendo hábil sobretodo en la metalurgia; lo que si mantiene a flote es el rencor inflamable surgido de un enconado complejo de abandono que en algunas versiones del mito llega a sanar y en otras no. A quien consideramos el dios de la guerra en la mitología griega es a Ares (Marte), quien aparece en la película de 2017 "La mujer maravilla", declarando que él no ha obligado a ningún ser humano a llevar a cabo guerras o genocidio, ni siquiera a usar terribles armas letales, que tan sólo les ha "sugerido" al oído alguna pequeña idea y ellos mismos, con su ingenio y su odio, han desatado el infierno de la guerra y la matanza.
Involucrada en la guerra también encontramos a una diosa, Atenea, la nacida de la cabeza del padre, la que al nacer ya viene completamente armada y lanzando un grito de guerra, pero cuya inteligencia la sitúa como diosa de la estrategia (además de todas las artes que requieren de un gran cálculo racional). En el campo de batalla de Troya encontramos a ambos dioses guerreros, tanto Atenea como Ares protagonizan la batalla ¿cuál es la diferencia entre ellos?. Es posible descubrir en Ares la ira ciega, el dejarse llevar por impulsos muy primitivos, un enojo que envuelve todo lo que toca y que no se sacia con nada, el guerrero desatado que destroza, que masacra y al final se encuentra anhelando otra oportunidad para continuar en la destrucción. Atenea, por otra parte, ha heredado de la cabeza de su padre la inteligencia y el buen consejo, susurra en el oído de sus protegidos y les alienta más que al odio, a la estrategia y el buen juicio. A Atenea no se le ve reaccionar con la impulsividad de Ares, en Troya vemos por ello cómo su protegido Ulises, es siempre buscado por los jefes para dirimir conflictos pues él tiene siempre ese buen consejo ateneico.
Estas imágenes, emergentes en la psique colectiva, parecen decirnos algo muy importante sobre el uso indiscriminado de la fuerza en la guerra, por supuesto lo primero que pensaríamos como humanidad sería que lo mejor es que la guerra no existiera, pero ya que existe, debemos seguirlas para comprender algo de este fenómeno del que no hemos podido deshacernos en todos estos milenios. Las imágenes nos dicen que el genocidio y las demás tácticas que violan los mínimos derechos en situaciones de conflicto, no son más que un producto de una peligrosa cercanía con instintos muy básicos y que denotan un bajo desarrollo de la racionalidad por más que las armas, la llamada bomba atómica por ejemplo, se basen en las más brillantes conclusiones del cerebro humano. Profundizando en estas mitologías, descubrimos que esta instintividad suele tomar las riendas cuando ha sido apartada por una sobrevaloración de los mismos valores racionales, por lo que el polo inferior, nuestra animalidad, está presta a saltar ante la menor provocación. También debemos tener en cuenta que las justificaciones y explicaciones que nos dan los grandes líderes de la guerra, explotan esos miedos y resentimientos que no han sido convenientemente traídos a la consciencia y que, por lo tanto, no han podido entrar en relación con una racionalidad útil a la vida. Aunque podríamos pensar que Estados Unidos llevó a cabo todo un cálculo político y económico para el lanzamiento de la bomba, no debemos desestimar lo que debajo de esta nación, y también del Japón, se movía: instintos primitivos de territorialidad, celos y supervivencia, que impiden la negociación y el ver en qué medida el opositor puede tener razón.
El desastre de Hiroshima y Nagasaky parece haber tocado las consciencias de muchas personas pero, dados los fenómenos actuales (locales e internacionales), no ha sido suficiente.
Lisímaco Henao Henao.
Analista Junguiano SCAJ - IAAP
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viernes, 26 de julio de 2019

EL PRIMER SUEÑO DE JUNG

Imagen relacionada
(En el aniversario del nacimiento de Carl Gustav Jung)

Jung afirmaba que el sueño que se tiene antes de la primera sesión de terapia o análisis, suele anticipar el desarrollo del proceso e incluso el tratamiento a seguir. Al parecer también el primer sueño que uno recuerda puede anticipar mucho del desarrollo de la propia vida. Así fue para el niño de la fotografía, que nació un 26 de julio de 1875, un sueño del que afirmara en su autobiografía habría de ocuparse durante toda su vida.

 Como antecedentes del sueño (ocurrido entre los cinco y seis años) tenemos que había desarrollado un temor especial frente a esos hombres disfrazados de mujeres con grandes sombreros y vestidos negros (más tarde descubriría que se trataba de sacerdotes católicos), y también un conflicto con la figura de Jesús pues le parecía ambiguo que este protegiera a los niños, según le había dicho su madre, y al mismo tiempo se los llevara o "se los tragara" a través de un hoyo en la tierra (había presenciado el entierro de un muerto que bajó por el río cercano, el Rhin). También había padecido algunos accidentes, uno que le dejó una cicatriz en la cabeza y un resbalón que casi le hace caer de un puente sobre el río (ya adulto interpretaría todo esto como un impulso suicida inconsciente debido a una incomodidad con la vida en este mundo). Ya por ese entonces sus padres se habían separado por un tiempo y él había percibido lo precario de aquel matrimonio, a consecuencia de ello la madre fue internada en el hospital y entonces él fue cuidado por varias mujeres, entre ellas una chica de la que dijo, se transformó en la primera imagen positiva de su femenino, a pesar de que también surgió por esa época de ausencia materna una desconfianza hacia las mujeres y hacia el amor con la que tuvo que luchar en su crisis de la mediana edad (El Libro Rojo atestigua esta elaboración del “anima” y del Amor). Estos antecedentes, como sucede con todos nuestros sueños, influyen en la construcción del sueño tanto como lo que anuncian.

Jung lo interpreta en su autobiografía llegando a la conclusión de que un sueño como este era una iniciación “en el imperio de las tinieblas”. Por mi parte me impresiona la manera como el sueño parece anunciar esa espiritualidad conectada con la naturaleza que Jung resaltó a través de su trabajo con las antiguas mitologías, como si el sueño le dijera que lo sagrado está bajo tierra, tras la verde cortina de la naturaleza y no arriba en el cielo de las instituciones (nótese que unos años más tarde soñaría que el mismísimo Dios defecaba sobre su iglesia, sobre la torre del templo de su pueblo). Por otra parte este descenso a las profundidades anticipa no sólo su posterior trabajo teórico sobre lo inconsciente, sino también el descenso relatado en el libro rojo, su propia Nekya, durante la cual tendría que enfrentar lo más sublime y lo más terrible de su psiquismo en conexión con los horrores del colectivo. Me parece importante anotar que Jung tuvo con el cristianismo una actitud crítica durante toda su vida, probablemente originada también en su temprana decepción frente al lamentable estado de la espiritualidad de su padre (pastor protestante), lo que no le impidió defender y validar la importancia de los símbolos e imágenes católicas y lamentar la pérdida de estas en el protestantismo.

Este es el sueño y su interpretación por parte de Jung:

“La casa parroquial se erguía solitaria cerca del castillo de Laufen, y detrás de la finca de Messmer se  extendía un amplio prado. Allí descubrí de pronto, en el suelo, un oscuro hoyo tapiado, rectangular, nunca lo había visto anteriormente. Por curiosidad me acerqué y miré en su interior. Entonces vi una escalera de piedra que conducía a las profundidades, titubeante y asustado descendí por ella. Abajo se veía una puerta con arcada románica cerrada por un cortina verde. La cortina era alta y pesada, como de tejido de malla o de brocado, y me llamó la atención su muy lujoso aspecto. Curioso por saber lo que detrás de ella se ocultaba, la aparté a un lado y vi una habitación rectangular de unos diez metros de largo débilmente iluminada. El techo, abovedado, era de piedra y también el suelo estaba enlosado. En el centro había una alfombra roja que iba desde la entrada hasta un estrado bajo. Sobre éste había un dorado sitial extraordinariamente lujoso. No estoy seguro, pero quizás había encima un rojo almohadón. El sillón era suntuoso, ¡como en los cuentos, un auténtico trono real! Más arriba había algo. Era una gigantesca figura que casi llegaba al techo. En un principio creí que se trataba de un elevado tronco de árbol. El diámetro medía unos cincuenta o sesenta centímetros y la altura era de cuatro o cinco metros. La figura era de extraños rasgos: de piel y carne llena de vida y como remate había una especie de cabeza, de forma cónica, sin rostro y sin cabellos; únicamente en la cúspide había un solo ojo que miraba fijamente hacia arriba.

La habitación estaba relativamente bien iluminada, pese a que no había luz ni ventanas. Sin embargo, allí, en lo alto, reinaba bastante claridad. La figura no se movía, no obstante, yo tenía la sensación de que a cada instante podía descender de su tronco en forma de gusano y venir hacia mí arrastrándose. Quedé como paralizado por el miedo. En tan apurado momento oí la voz de mi madre como si viniera de fuera y de lo alto, que gritaba: «Sí, mírale. ¡Es el ogro!» Sentí un miedo enorme y me desperté bañado en sudor. A partir de entonces muchas noches tenía miedo a dormirme, pues temía que se repitiera un sueño semejante.

Este sueño me preocupó durante años. Sólo, mucho más tarde, descubrí que la extraña figura era un falo y, sólo décadas después, que se trataba de un falo ritual. No podía discernir si mi madre me había dicho «Ése es el ogro» o «Es el ogro», en el primer caso se referiría ella a que el devorador de niños no es «Jesús» o el «jesuita», sino el falo; en el segundo, que el devorador de hombres se representa en general por el falo, por lo tanto, el sombrío «hêr Jesus», el jesuita y el falo serían idénticos. El significado abstracto del falo señala que el miembro es entronizado de un modo en sí itifálico (en griego = erguído). El foso en el prado representaba ciertamente una tumba. La tumba misma es un templo subterráneo cuya cortina verde recordaba el prado; aquí, pues, representa el secreto de la tierra cubierta de verde vegetación. La alfombra era de color rojo sangre. ¿Por qué el techo abovedado? ¿Es que había yo estado ya en el Munot, en el torreón de Schafhausen? Posiblemente no, no se llevaría allí a un niño de tres años. Así, pues, no podía tratarse de un recuerdo. Igualmente el origen del itífalo anatómicamente correcto se desconocía. La significación del orificium urethrae como ojo, y encima de él un foco luminoso alude a la etimología de falo en griego = luminoso, brillante).

El falo de este sueño parece ser en todo caso un dios infernal y no un Dios digno de mención. Como tal le recordé durante toda mi juventud y lo evocaba siempre que se hablaba de Jesucristo Nuestro Señor. Para mí, el «hêr» Jesús nunca fue algo completamente real, ni del todo aceptable o digno de estima, pues siempre volvía a pensar en su rival infernal como en una aparición espantosa, no buscada por mí.

El «disfraz» del jesuita proyectaba sus sombras sobre la instrucción cristiana que había recibido. Me parecía a menudo una máscara festiva, como una especie de pompas fúnebres. Allí la gente podía adoptar ciertamente una expresión seria o triste, pero en el fondo parecían reír en secreto y no estar tristes en absoluto. El «hêr» Jesús se me presentaba como una especie de Dios de los muertos, ciertamente dispuesto a prestar ayuda, y a la vez a dispersar los espectros nocturnos, pero también inquietante y lúgubre por haber sido crucificado y ser un sangriento cadáver. Sus amores y bondades, constantemente ensalzadas, me parecieron siempre dudosas, especialmente también porque gente con levita negra y relucientes zapatos, que me recordaban siempre los sepelios, hablaban del «querido Hêr Jesús». Eran los colegas de mi padre y ocho tíos míos —todos ellos sacerdotes. Me infundieron miedo durante muchos años. Y no digamos de los eventuales sacerdotes católicos que me recordaban al terrible «jesuita», y los jesuitas habían causado temor y disgustos incluso a mi padre. En los años siguientes hasta la primera comunión me esforcé todo lo posible por lograr la exigida actitud positiva respecto a Cristo. Pero no pude nunca superar mi secreta desconfianza. Al fin y al cabo, el miedo al «hombre enlutado» lo experimenta todo niño, y no constituyó en absoluto lo esencial de aquella experiencia, sino la inquietante conclusión a que llegó mi cerebro de niño: «Ése es un jesuita.» Así también en el sueño lo esencial es la curiosa interpretación simbólica y la inaudita justificación del «ogro». No es el infantil aspecto del «devorador de hombres», sino el que estuviera sentado en un áureo trono infernal. Para mi conciencia infantil de entonces el rey se sentaba en primer lugar en un trono áureo pero después, en uno dorado mucho más alto y mucho más bello se sentaban el buen Dios y el Her Jesús en lo más alto del cielo con una corona dorada y vestido blanco. Sin embargo, de este Her Jesús bajó del bosque el «jesuita», con falda negra, con amplio sombrero negro. Tuve que mirar todavía muchas veces hacia allí por si algún peligro me amenazaba.

 En sueños descendí a la caverna y encontré otro ser en el áureo trono, inhumano e inmundo, que miraba fijamente hacia arriba y se alimentaba de carne humana. Sólo cincuenta años después me sorprendió un párrafo de un comentario sobre ritos religiosos en que se hablaba de los motivos fundamentalmente antropológicos en el simbolismo de la eucaristía. Entonces vi claro lo poco infantil, lo maduro, incluso la excesiva madurez del pensamiento que en estos dos acontecimientos comenzaba a hacerse consciente. ¿Quién hablaba entonces en mí? ¿Qué espíritu ha imaginado este suceso? ¿Qué meditada razón se encontraba en este hecho? Ya sé que todo débil mental siente tentación de delirar por «hombres negros» y «devoradores de hombres» y por «casualidades» e «interpretaciones» ulteriores para borrar rápidamente algo incómodo que espanta y con ello no perturbar la tranquilidad familiar. Ah, estos bravos hombres virtuosos y sanos me hacen el efecto de aquellos renacuajos optimistas que en un charco de lluvia se agitan alegremente al sol, apretados unos con otros, en el más mísero de los arroyos, sin sospechar que mañana el charco estará seco.

¿Qué hablaba entonces en mí? ¿Quién pronunciaba frases de profunda problemática? ¿Quién asociaba lo superior y lo inferior y asentaba de este modo el fundamento de todo cuanto sembró toda la segunda mitad de mi vida de tempestades del más apasionado carácter?

¿Quién perturbaba la serena e inocente infancia con graves presentimientos de la vida en su plena madurez? ¿Quién sino el huésped extraño que venía de arriba y de abajo?

Con este sueño infantil fui iniciado en los secretos de la tierra. Tuvo lugar entonces, por así decirlo, una sepultura en la tierra y transcurrieron años hasta que reaparecí. Hoy sé que sucedió para introducir en la oscuridad la mayor cantidad posible de luz. Fue un tipo de iniciación en el imperio de las tinieblas. Entonces mi vida espiritual dio comienzo inconscientemente"

Bibliografía:

C. G. Jung. Recuerdos, Sueños, Pensamientos. Editorial Seix Barral.

Lisímaco Henao Henao.
Analista Junguiano.
26 de Julio de 2019

jueves, 20 de junio de 2019

Padres, hijos e hijas

La idea occidental de que somos lo que hizo o dejó de hacer, lo que dijo o dejó de decir el padre (y la madre) y que por ello no somos más que un producto de la infancia, nos deja a merced de un mar de culpabilizaciones y autoculpabilizaciones sin fin.

Pero esta idea olvida lo fundamental, que todos somos algo independiente de los padres, "algo" que suele manifiesarse en las tensiones e incompatilbilidades entre padres e hijos. Aunque algunos hijos e hijas muestran una compatibilidad auténtica con los ideales del padre, con los que comparten incluso el estilo neurótico, muchos otros resultan opuestos y deben luchar con ellos antes de poderse desplegar en la vida (la neurosis en muchos de estos casos resulta "nueva", en otros una imitación de la neurosis paterna como único modo de vincularse). Si aceptáramos estas incompatibilidades como manifestaciones de "lo distinto" o de lo novísimo de un alma, en vez de patologizarlo inmediatamente, como padres podríamos ser compañeros menos ansiosos y con más espacio psíquico para enfrentar las dificultades. Y como terapeutas y analistas eliminaríamos esta compulsión a "sanar el padre", "analizar el edipo" y cosas por el estilo, realmente acompañaríamos el camino y nos moveríamos hacia adelante, en vez de aliarnos con la culpa.

Pero ya que estamos embarcados en esas teorías, las de que todo lo que nos ocurre fue preparado en la infancia, ya que nuestros pacientes estan estructurados sobre esa idea, no podemos ingénuamemte eludir el trabajo de viajar hacia los padres. La idea junguiana de la individuación como el despliegue durante la vida de aquel ser humano lo más completo posible que podemos ser, incluye entonces esta idea occidental pero le da la vuelta y concibe ese "determinismo de los ancestros" como una herramienta más al servicio del alma, así, nuestras luchas con la madre y el padre, con sus recuerdos y aus imágenes, se conciben como algo que ha estado ahí como un motivo más para despertar a eso en que nos vamos convirtiendo.

Lisímaco Henao H. 
Fragmento de "Ego y Alma. En torno a una relación compleja" Libro en preparación

El regalo de mi hija incluye un espejo, y creo que además de la invitación al juego juntos de todo el regalo, incluye una invitación al juego con mi propia imagen y mis ideales, ese espacio de respeto por ella.

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