viernes, 12 de mayo de 2017

¿Para qué Maestros? (En el día del maestro)

Un monje zen y su aprendiz se disponían a cruzar un caudaloso río, de repente vieron que, un poco más abajo, una mujer intentaba encontrar un sitio seguro para hacerlo. El maestro ofreció a la mujer llevarla en brazos y ella, agradecida, aceptó. Cruzaron el río y, aunque debido al caudal y a un que otro tropiezo se mojaron completamente, pasaron sanos y salvos al otro lado. Maestro y aprendiz se despidieron de la agradecida mujer y continuaron su camino, sin embargo, varias leguas después, el hombre mayor percibió que el más joven no dejaba de murmurar algo entre dientes, así que le interrogó. El Aprendiz le dijo "maestro, con todo respeto estoy indignado, ¿no hicimos acaso votos de castidad y pureza? usted sin embargo tocó a esa mujer y la siguió cargando a pesar de que en el paso sus vestidos se mojaron y su cuerpo se traslucía completamente". Ante estas palabras el maestro replicó: "Es cierto mi querido aprendiz, pero yo me despedí de esa mujer hace varias leguas y tu, en cambio, todavía la vienes cargando". (Un antiguo cuento Zen. Mi versión).

Alguna vez una amiga de estas redes escribía que ella no seguía a ningún autor o maestro y que buscaba sola su camino, y otro amigo afirmaba que eso de "certificarse" en un saber era equivocar la misión vital. Lo cierto es que la imagen del par maestro-alumno ha acompañado a la humanidad desde los tiempos más antiguos de los que se tenga noticia. En occidente es Grecia quien nos da la imagen más refinada: un maestro y un alumno unidos por el dios Eros, lo cual denotaba la unión entre ellos y el amor por el conocimiento que estaban construyendo; por parte de Oriente se nos ha legado la larga tradición de formación entre maestro e iniciado, de la cual tenemos hermosos relatos como el que da inicio a esta nota.
Es probable que muchos conocimientos "objetivos" (aunque soy de los que duda mucho de cualquier forma de objetividad), puedan adquirirse en la soledad de la lectura, pero en lo que se refiere a la formación humana, es decir, a los procesos que van más allá de una mera adquisición de conocimientos y que tocan con la transformación del ser humano debido a la interiorización de los mismos, es completamente indispensable la presencia de un otro que ha caminado un poco más que nosotros. Incluso quien está en la soledad de la lectura ¡está con un maestro!, pero si quiere avanzar en el camino, en algún momento necesitará esa presencia viva que contrasta, que comenta y que ama lo que se va dando en ese proceso (además ya hemos comprobado suficientes veces que aprender los conceptos de manera autodidacta, sólo por la lectura, suele dar con tremendas confusiones).
El par Maestro-Aprendiz, es entonces el par principal de la transformación de todo lo humano, es el motor de la cultura y de la vida social y es el fundamento de un aprendizaje que no se quede en la mera acumulación de datos. En esta perspectiva la "educación" es sobretodo un proceso de "transformación personal", dado mediante un intercambio no sólo de saberes y experiencias, sino también de emociones profundas a las que se les presta atención como vitalidad del alma. Debido a ello todas las corrientes psicológicas inspiradas en el psicoanálisis, exigen que este par esté activo durante toda la vida de los que aspiran a ser terapeutas o analistas, con mayor énfasis en los primeros años del proceso de formación. En este aspecto cabe recalcar que cuando el proceso logra llegar a gran profundidad los roles parecen invertirse, o mejor, comienzan a intercambiarse dinámicamente, de tal manera se evita que todo el asunto se base en una relación de poder (por lo menos en el ámbito junguiano a esto se le da una gran importancia).
Lo que acabo de escribir es válido para la formación regulada institucionalmente, ¡pero claro!, encontramos muchos maestros y maestras en la vida a quienes no les damos ese título "oficial", comenzando con nuestros padres y desde allí hacia todas las relaciones significativas de nuestra vida; pero como dije alguna vez, aunque la vida es una maestra, su maestría depende también de que encuentre aprendices dispuestos a escuchar el mensaje, en otras palabras, toda persona con quien entramos en contacto puede estar ahí para ser nuestra maestra pero ¿podemos verlo así? ¿lo permiten nuestra complejidad? ¿podemos realmente admitir que, por ejemplo, una pareja con la que sufrimos mucho al final estuvo allí para enseñarnos algo? ¿que una relación difícil o imposible es "maestra"?. De ello depende que sí exista la tal "maestra vida".
He reconocido siempre a los maestros, desde aquella primera profesora que me enseñaba las vocales y las consonantes cantando y bailando ("La señorita Doña Nubia"), hasta los que tengo ahora como compañeros de viaje en la formación en psicología analítica (una formación interminable pues se dirige a la vida, que no deja de movernos con sus misterios), pasando por esa gran cantidad de mujeres y hombres a quienes he acudido tocado por su pasión por enseñar y formar.
Algunos de mis maestras y maestros (en orden de aparición): Nubia Gutierrez, Flavio Rivera, el Padre Caicedo, Marta Cecilia Vélez, Julián Aguilar, Leonor RestrepoPere SeguraRicardo Carretero Gramage, Eduardo Carvallo, Gonzalo Himiob, Magaly Villalobos, Margarita Mendez, Pablo Raydan.
Algunos de los indirectos (en orden de aparición): Jesús de Nazareth, Gabriel García Márquez, Joan Manuel Serrat, Silvio Rodriguez, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Jiddu Krishnamurti, Salvador Dalí, Sigmund Freud, Carl Gustav Jung, James Hillman, Ingman Bergman, Adolf Guggembhul-Craig, Murray Stein, Rafael López-Pedraza.
Lisímaco Henao Henao. 
15 de mayo de 2017

IMAGEN: Esa bella representación no se ya cómo llegó a Casa Jung pero es precisa para lo que nos inspira: la formación. La tengo puesta en lo más alto de la galería de grandes imágenes del mundo.

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