martes, 15 de diciembre de 2015

Apuntes para un cineforo: Melancolía de Lars Von Trier


por Lisímaco Henao Henao*


No puedo empezar esta reflexión sin conectarme con mi propio proceso de ver por primera vez la película.  La primera parte me pareció similar en estructura y temática a otras obras de este director. De nuevo la crítica a la sociedad burguesa tan común en su filmografía y nuevamente su capacidad de conectar con las vivencias más complejas de lo femenino, comúnmente encarnado en las complejidades de las mujeres.

Esta primera parte me invitó a un análisis psicológico de los personajes y su contexto inmediato. Como en su película Anticristo de 2009, al principio aparecen las hermosas y oníricas imágenes que veremos amplificadas o explicadas durante la película. Quizás se trate de los sueños premonitorio de Justine sobre lo que pasará y, de ser así, se me ocurre una primera conjetura: ¿hasta dónde estos sueños se refieren a su propio destino, el de una mujer casada que sabe que la mascarada de la felicidad y el lujo no serán suficientes para su depresión, o desde qué punto esos mismos sueños se refieren a algo mayor, más colectivo?

Quizás en Anticristo estas imágenes iniciales en cámara lenta tengan otros significado,s pero aquí, a la luz pálida de la melancolía, adquieren todo el sentido de la lentitud, de la adinamia propia de un estado hoy llamado “depresión”, que a todas luces se presenta como el opuesto fundamental de ese orden maníaco de las cosas representado en Jhon, el cuñado que en repetidas ocasiones llama la atención sobre el derroche de lujo que supuestamente obliga a la felicidad (“prométeme que estarás feliz” ¿dónde más hay un campo de golf con 18 hoyos? ¿no hemos contratado al planificador de bodas más caro del planeta?). Pero también en Jack, el suegro de Justine, quien le exige que sea productiva incluso durante su boda.

Uno se pregunta qué significa que una pareja como Michael y Justine se hayan encontrado. ¿Qué masculino y qué femenino se han encontrado aquí? Michael, el hombre de acción, seducido y devorado por el mundo de su padre, un emprendedor preocupado hasta el día de la boda de su hijo por la productividad de la empresa de publicidad, quien llevado por esta preocupación pone a un subalterno a vigilar a su nuera esperando el momento de inspiración de esta. Este subalterno hará su trabajo so pena de ser expulsado, un pobre empleado bajo presión que trata de iniciarse en el sistema que los ideales egóicos actuales han impuesto. Este es el ámbito en el que repta Michael, mientras que Justine, aún trabajando en la misma compañía, aún siendo bendecida por la creatividad requerida, da muestras de una insatisfacción sin límites con aquellos ideales. Ella, por el contrario, no parece ser una escaladora, la vemos al principio intentando vivir la felicidad que se supone debe vivir; intento totalmente fallido pues para su carácter depresivo o su depresión, estos conatos de felicidad se presentan como sobrecompensaciones, estados maníacos, con los que trata de igualar el ritmo maníaco de la boda y la vida de los allí reunidos y por lo tanto una mascarada que la depresión rápidamente va a desvanecer. 

No. Justine no es una escaladora, es más bien una exploradora de cuevas, en vez de subir a las alturas ella desciende; algo señalado por Von Trier en la escena en que retira los libros abiertos con reproducciones del ruso Malevich y sus intelectuales abstracciones geométricas, y las reemplaza por aquellas imágenes llenas de dramatismo de Brueghel, Millais y Caravaggio (o por la oposición entre “La bamba” que se baila en la fiesta, para la cual hay que tener “un poquito de gracia” y las contundentes obras de Wagner que acompañan gran parte de la película). Muy simbólico resulta entonces el juego que la protagonista establece con el niño, ellos construyen cuevas juntos. Porque resultan totalmente coherentes con ella las imágenes de la cueva, el descender sobre el río, la desnudez sobre la hierba; porque es un personaje ctónico, como la Perséfone de la mitología griega ella ha sido raptada por un demonio de las profundidades, o por el señor mismo de las profundidades. Ha sido seducida por el mismo Hades. Su modo de hablar, su desencanto, lo insostenible de la máscara de felicidad, nos hablan de que para ella el mundo luminoso de los ideales le ha sido vedado. Y si nos apegamos a esta lógica arquetipal podemos adelantar otra conjetura ¿porqué Justine no logran cruzar el río?... encontramos una imagen coherente con el mundo de Hades. El río es el Estige, el río del inframundo, que no se puede cruzar de ida o de vuelta  mientras no se tenga el permiso correspondiente o mientras no se pague el precio correcto. Pero, ¿hay alguna posibilidad de redención en aquel ambiente de  inflación en el que nada que no sea el orgullo vano puede ser acogido? Y, por otro lado, según vemos en la segunda parte de la película ¿vale la pena pagar ningún precio? ¿Hay sentido en querer salir de aquel Hades en que se encuentran los personajes? ¿Hacia dónde?. Quizás se trata de eso: no hay a dónde ir.


Ofelia. De John Everett Millais (1851-52)


Y bien. En la primera parte de la película podemos hacer inferencias psicológicas sobre el padre y la madre de Justin y su papel en la activación de sus núcleos depresivos. Un padre liberal, bohemio y bufón y una madre herida, desconectada de la vida, quien de plano no consigue fingir nada, una mujer que no ha llegado a la depresión, que no se ha hundido en ella gracias al odio, ese sentimiento que puede mantener a cualquiera en la superficie pues crea un lazo tan fuerte con el exterior como el amor. En el padre vemos a alguien que juega, un bufón que consigue estar allí gracias a la burla que construye, por ejemplo, alrededor de las Bettys y del robo de los cubiertos (una burla a la actitud burguesa imperante). Es el único en quien Justin tiene alguna esperanza como imagen salvadora, razón por la cual intenta retenerle aquella noche en la mansión. Pero el padre parece estar lo suficientemente concentrado en su propia salvación como para terminar escabulléndose; como Bufón, él mismo es seducido por el lado más oscuro de esta imagen arquetípica: el narcicismo frente a toda convención sentimental, incluso a los sentimientos más profundos.

(Dejaré sin amplificar aquí lo que la psicología de los complejos individuales nos lleva a preguntarnos: también en un nivel individual ¿cómo se manifiesta en mí la relación ego-complejo de Justine? ¿Está mi ego mejor preparado que el organizador de bodas para poder “mirar” y relacionarme con ese aspecto que impide que las cosas salgan exclusivamente “como fueron planeadas”?)

Llega la segunda parte y le toca a Claire ser retratada. Sus propios ideales y la creencia de que está mejor que su hermana le llevan a luchar con su marido por ayudarla. Por lo visto Justine ha caído cada vez más profundo mientras Claire, violando la prohibición de su marido, ha estado buscando en internet las teorías no científicas sobre ciertos eventos celestes. Jhon, como científico y hombre de éxito, no puede soportar que su esposa siquiera piense en consultar otras fuentes y menos, por supuesto, una fuente como su hermana. Quizás sea esto lo que más le lleva a oponerse a que Justin sea recibida en la mansión, es un ave de mal agüero, anda en mundos demasiado irracionales como para que alguien como el dueño de un telescopio, símbolo excelso de objetividad, pueda soportarla.

Claire se impone sin embargo. Es garante de la ciega esperanza con la que el titán Prometeo castigara a la humanidad. Claire tiene una esperanza titánica, ciega, desmedida, en que podrá ayudar a Justin. Pero la misma Claire es ya asaltada por premoniciones y dudas que le indican que ni ella misma tiene salvación.

A partir de este punto la película se convierte en otra cosa y, para mí como espectador, dejó de ser un mero drama de psicología individual para convertirse en un asunto del alma colectiva. Claire es obligada a escuchar al femenino que protesta por la herida causada a la vida, las frases de su hermana son esta protesta: la humanidad merece desaparecer, "la tierra es malvada". La herida por la que se protesta de tan brutal manera, es producto del modo artificial como nos relacionamos entre nosotros y en la forma abusiva de relacionarnos con el planeta. Ahora el campo de 18 hoyos toma otro significado ¿qué tuvo que pasarle al bosque para crear un descampado tan inmenso? Y una suposición más ¿qué ha tenido que vivir Claire para mantener a su lado a este esposo cubierto de oro? ¿Qué máscara ha tenido ella que soportar para poder vivir la vida enmascarada de poder y gloria apolínea de su esposo y el ambiente que le rodea?...

Porque al conocer un poco más a Claire entendemos que ella no está, para nada, mejor que su hermana. Por el contrario, debido a que ha invertido una gran cantidad de energía psíquica en enmascararse como la mujer de un ego masculino polarizado, su propia necesidad de entrar en contacto con sus profundas emociones ha sido reprimido y se manifiesta como una única emoción: está aterrorizada. Es perseguida por temores y suposiciones sobre el fin. No tiene la extraña suerte de su hermana, quien, acostumbrada como está a las cuevas, al descenso, a los tonos bajos de la vida, sabe que lo que ha subido demasiado (el ego apolíneo, la indiferencia, el narcicismo) está destinado de alguna manera al Hades. Será llamado a comparecer abajo, caerá irremediablemente.

Justine ya ha vivido el choque entre planetas y por eso puede percibirlo en sus sueños y premoniciones, por eso puede acompañar a su sobrino y a su hermana hasta la presencia del fin. Su relación con Michel es la mejor premonición de lo que pasa cuando una fuerza imparable, el ego hiperactivo que Michel representa, choca con un objeto inamovible: el alma húmeda y lenta que representa Justine (para parafrasear a otro emisario de lo oscuro, El Guasón, en la última entrega de la saga Batman). No es que, como algún crítico escribiera, Justine puede atraer al planeta Melancolía, es que Justine simplemente espera al planeta Melancolía pues este, en su velocidad, arrasara con la Tierra, tal como ella ha sido arrasada por todo lo representado en Michel. Tal como su hermana ha sido arrasada por su propio marido, tal como su madre y el bosque, los árboles, el pasto y el agua del río.

Las dimensiones colectivas de este drama saltan a la vista. La depresión individual no es más que una forma de expresión compensatoria de la manía colectiva que afecta al planeta y a la humanidad toda. Quizás quien mejor ha expresado esta idea sea James Hillman, quien afirma:  “A veces creo que hay una depresión subyacente en nuestra cultura y me hace pensar que si uno no está deprimido uno es anormal, porque el alma sabe acerca de la destrucción de los árboles, de la destrucción de los edificios, de la fealdad que se está desparramando, del caos de la cultura en muchas maneras y de alguna manera si no estás en duelo con lo que está ocurriendo en el mundo, entonces estás separado del alma del mundo. De modo que en este sentido yo creo que una depresión subyacente es un tipo de adaptación a la realidad del mundo.”

Son numerosas en esta película las imágenes que apoyan simbólicamente la idea de la compensación inconsciente actuando sobre el ego apolíneo de la modernidad. Voy a detenerme aquí y dejar que ellas sigan actuando en mí y en ustedes, aportando para ello otro párrafo de Hillman: “La depresión es todavía el gran enemigo, y sin embargo a través de la depresión entramos en la profundidad y en las profundidades encontramos alma. La depresión es esencial para el sentimiento trágico de la vida, humedece el alma seca y seca al alma mojada, trae refugio, limitación, foco, gravedad, peso y humilde impotencia; recuerda a la muerte. La verdadera revolución en nombre del alma comienza con el individuo que puede ser fiel a su depresión...”


* Lisímaco Henao. Psicólogo. Mg. en Psicología Analítica. Analista Junguiano IAAP










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