martes, 11 de agosto de 2015

De El Libro Rojo a La Escombrera de Medellín.

De El Libro Rojo a La Escombrera de Medellín.

En un pasaje de El Libro Rojo, texto en el que recoge la experiencia de varios años de confrontación y diálogo con su propia alma, se le presenta a Jung una visión terrible: una niña ha sido asesinada, no tiene cabeza y descansa sobre un charco de sangre; a su lado hay una mujer exigiéndole que se incline sobre el cadáver y que coma parte de su hígado como una forma de expiar la culpa. Ante esto, horrorizado, Jung niega toda culpa ¡él no lo hizo!¡él no asesinó a la niña!. La mujer en ese momento plantea dos ideas fundamentales: 1. Que Jung ya había tramado en su mente los tormentos más espantosos para los asesinos, para que ellos expiaran sus actos y 2. Que el asesinato lo ha cometido un ser humano y al ser Jung parte de la humanidad debe compartir la culpa y por lo tanto la expiación. En conclusión: Jung debe humillarse y reparar el daño de la vida destruida mediante un ritual (esto se simboliza en el acto de comer el hígado, símbolo a su vez de la sede del alma en muchas culturas, órgano autoregenerativo).

La idea número 2 la vuelve a traer Jung en los escritos posteriores a la segunda guerra mundial, donde afirma que ningún suizo, por más que Suiza nunca haya entrado en la guerra, puede lavarse las manos por lo ocurrido en Europa, que todo europeo participa de la culpa Nazi por el hecho de participar de una cultura completa. La idea número 1 nos trae una verdad tan simple que ni siquiera la tenemos en cuenta en nuestra cotidianidad, la verdad de que, cuando se trata de ideas de venganza, podemos ser más crueles que cualquier torturador. La idea número 1 evidencia nuestra sombra.

En estos momentos en Medellín se está está removiendo La Escombrera, un vertedero de basuras público que también podría ser la fosa común más grande de latinoamérica a la que fueron arrojadas cientos de personas asesinadas, combatientes y civiles, durante un trágico episodio de la guerra urbana de los primero años de este siglo. Somos muchos los que seguimos no queriendo mirar, quizás porque nos horroriza, quizás porque pensamos que eso es un asunto de otra gente que tiene "toda la culpa" de haberse metido ahí. Es seguramente una reacción natural y primaria, una forma de defensa del ego que quiere mantenerse limpio a toda costa, creerse bueno y sólo bueno. 

Para un país que supuestamente busca la paz, no hace cuatro años ni cinco años, hace más de sesenta, esta actitud es completamente errada. Que una parte de nosotros siga proclamando a los cuatro vientos que somos los buenos porque no tenemos un fusil en las manos, impide que veamos lo sombríos que podemos ser y  las maneras como apoyamos a los asesinos con nuestro silencio o nuestra indiferencia. Como Jung, tenemos la obligación de inclinarnos sobre tantos muertos (de izquierdas, de derechas y de nada), por un simple sentido de humanidad; tenemos el deber de humillar nuestro ego y ofrecer en un acto simbólico nuestra consciencia, la consciencia de nuestra participación colectiva en la violencia, en la agresión, en el aplaudir el mal disfrazado de buenas intenciones, en nuestra crueldad cotidiana. Los primeros en hacer esto tendrían que ser nuestros líderes como ya ha ocurrido en varios países. No podría faltar ninguno pues todos ellos han apoyado, pactado o guardado silencio frente a aquellas personas que se ocupan directamente de la guadaña.

Lo primero que sintió Jung frente a su visión fue asco y repulsión, dos sensaciones importantísimas para detectar que aún somos parte de la humanidad, es lo esperable frente a una cosa tal. Saber que a media hora de nuestro hermoso barrio tenemos La Escombrera, saber que la basura que acabamos de sacar a la calle será llevada a un sitio en el que se encuentran tantas personas buscadas por sus sufrientes madres, que nuestra basura viene cubriéndolas hace años, ya debería conmovernos, generar asco y repulsión y sacarnos del grupo de "los buenos, los incorruptibles y los justos". 

Es el momento de sentirnos parte de la humanidad reconociendo nuestra sombra, humillando este ego que niega su fragilidad frente al mal y la estupidez (tan humanas). Jung fue llevado a la visión terrible y a un difícil acto ritual y simbólico. La visión terrible ya la tenemos (no sólo en La Escombrera), ahora estamos llamados a participar de verdaderos actos simbólicos y rituales en los que reconozcamos a la víctima y la victimario dentro de nosotros, de no hacerlo, todo proceso de reconciliación estará llamado al fracaso, pues lo inconsciente pedirá constantemente este reconocimiento mediante la pesadilla de la guerra.

PD: Se que los amigos y las amigas de otros países podrán reconocerse también en este escrito. Los saludo conmovido por la manera como hemos repetido a lo largo y ancho del continente esta visión de horror, y también por la manera como hemos evitado participar en la necesaria expiación. Paz.

Lisímaco Henao Henao.
Analista Junguiano IAAP



2 comentarios:


  1. Una injusticia hecha al individuo es una amenaza hecha a toda la sociedad.

    Montesquieu

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  2. Gracias Lisímaco por tu invitación ritual: 'debemos humillarnos y reparar el dañó de tantas vidas destruidas', es un ritual muy identitario con la comunidad masacrada: "No podría faltar ninguno pues todos ellos han apoyado, pactado o guardado silencio frente a aquellas personas que se ocupan directamente de la guadaña." Es sentirnos humanamente sin distinción "Carne de nuestra carne". " De eso se trata: de matar al maestro, abrirlo en canal, arrojarlo a la parrilla, asarlo, echarle salsa picante y luego devorarlo hasta convertirlo en carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre...Pero para eso, claro está, hay que superar el sentimiento de inferioridad y aprender el arte del canibalismo."
    http://www.revistaarcadia.com/agenda/articulo/garcia-marquez-el-arte-del-canibalismo/36301?hq_e=el&hq_m=399802&hq_l=18&hq_v=1b61d23edc"

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