miércoles, 25 de febrero de 2015

"Sacar los restos".

En tiempos en los que negamos la muerte desafiándola temerariamente, en que tratamos de inutilizar sus efectos reales sobre nosotros negando el tiempo prudente de duelo y asimilación frente a la desaparición del ser amado; tiempos en los que la persona fallece a las 11 y se crema a las 12 para que los vivos puedan volver al trabajo a las 2, mi familia exhuma lo que queda físicamente de mi padre, cuatro años después, para llevarlo definitivamente a la tierra. 

 A este ritual se le llama popularmente "sacar los restos". Por estos días en que vivo otros duelos más individuales me he dado horas para pensar sobre "los restos", y sobre la necesidad de sacarlos paulatinamente, desidentificándonos de las presencias, de las costumbres y de la espera. Las nuevas generaciones no entienden esto; dicen que es "volver a torturar a los vivos", incluso hay quien cita costumbres tan lejanas como las de ciertos grupos tibetanos que llegan a desmembrar y diseminar al muerto para que nadie tenga sitio de enterramiento donde llorar o el alma un cuerpo a dónde regresar (intentando eliminar así la nostalgia del alma por este mundo).

 Entiendo a los más jóvenes que yo, es cierto que se confrontará la esposa, la madre, la hija, el hijo, nuevamente con el hecho cierto de la muerte y que pueden tenerse que vivir cosas calificables como no agradables a la vista (ahora nos gusta que todo sea agradable a la vista y lo es todo aquello que no tenga que ver con los aspectos tristes de la realidad). Pero también es cierta otra cosa: los seres humanos necesitamos rituales verdaderos y profundos, los cuales nos ayudan a trascender la simpleza de la vida en este mundo; todas las culturas tradicionales han tenido un ritual para cada cosa, el cual apoya a la consciencia en su crecimiento y no hay ni habrá mejor manera de trascender el ego y sus apegos, que la muerte y sus rituales.

 En el fondo tal vez yo tampoco quisiera vivir esto, pero además de considerar que acompañar a mi madre es un acto de alma, creo que es una obligación ética con ella pues creció en esa ritualística y le será de gran utilidad, de gran alivio. Y puede serlo para toda la familia, que lo que aún ande por ahí vinculado con él, algún sentimiento sin vivir, sea sacado a la luz y llevado a la tierra definitivamente. De eso se trata, eso significan "los restos", es decir, lo que queda, lo último, lo aún sin despedir. Allá los tibetanos que crecieron con otras imágenes, allá las nuevas generaciones que hacen lo que pueden con lo que saben y sienten.

 Por mi parte no tengo problemas en que me incineren y alimenten una matita conmigo o me disuelvan definitivamente en la Gran Madre Mar. Pido a la vida el tiempo necesario para desligarme antes de tantos apegos al cuerpo, a las cosas, a los otros y a esta forma de existir, sobretodo, para aceptar amablemente la forma de existencia que vendrá. Deseo que los otros logren hacer lo mismo conmigo.

 Es hermoso ver cómo este hombre me sigue inspirando. Gracias.


 Lisímaco Henao Henao. Febrero 26 de 2015. 0:10






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