martes, 20 de enero de 2015

¿Somos libres?. Dos formas de experimentar la libertad

Dos formas de experimentar la libertad


"La libertad se extiende sólo hasta los límites de nuestra consciencia."
                                                                                         C. G. Jung

“En cuanto a los afectos, están fuera del alcance de la voluntad;
cuando se producen, en fin, irrupciones, se es víctima de un knock-out
que nos hace morder el polvo y que nos sume en un estado 
momentáneamente confuso. La característica más auténtica de este
espacio interior es que en él estamos reducidos a la pasividad;
el sujeto no es ya actuante, sino que está condenado al papel de paciente.”
C. G. Jung. Los complejos y el inconsciente.

"Libertad", una de las palabras más cantadas por juglares y poetas de todos los tiempos y una de las más grandes aspiraciones humanas, es al mismo tiempo una idea y un sentimiento poderosos como motores de los cambios históricos, una de esas utopías que, como afirma el uruguayo Eduardo Galeano, aún siendo inalcanzables sirven para caminar.

La Libertad guiando al pueblo (Delacroix, 1830)


 Al mismo tiempo, este ideal puede convertirse psicosocialmente en  fuente de grandes decepciones, sobretodo cuando se define en términos de liberación de toda determinación (en lenguaje puer: "hacer lo que se quiera"), pues entonces la libertad es percibida como algo completamente imposible. He escuchado a muchas personas quejarse en tono de derrota de la imposibilidad de ser libres de toda atadura. A ese tipo de libertad del lenguaje y los deseos comunes me refiero aquí, sin profundizar en detalle sobre otras alternativas de significación del término. Los siguientes son algunos de los argumentos que, como altos muros, parecen encerrar esos anhelos libertarios:

1.      Desde lo ético y lo social: No puedo ser libre pues soy un ser en sociedad, en comunidad con otros desde el momento mismo en que nací. De tal manera que no puedo hacer todo lo que quiero pues debo cuidar de esa comunidad y para ello muchas veces tengo que limitarme en mis deseos.

2.      Desde lo psicológico: No soy libre pues me determinan una serie de factores sobre los cuales no opera mi voluntad: complejos inconscientes de tipo personal, familiar o cultural; de tal manera que estoy limitado por impulsos y tendencias que se escapan a mi control. Este determinismo choca a muchos, pues consideran que la voluntad y la racionalidad deben regir todas las actividades humanas (una utopía libertaria que corre el riesgo de convertirse en un “deberismo” más). Desde el punto de vista estrictamente junguiano, incluso la tendencia humana a la realización de la más profunda identidad es otra limitante, pues esta puede dirigirnos sutil o toscamente hacia metas no contempladas por la consciencia.

3.      Desde lo biológico: hace carrera actualmente la idea de que somos determinados completamente por los genes. Periódicamente se publican investigaciones sobre interacciones genéticas que determinan nuestra conducta, nuestros pensamientos y hasta nuestros sentimientos. Otras teorías apuntan a lo que denomino la “autoridad celular”, un tipo de memoria almacenada en nuestras células que, según algunos, nos impele a mucho más de lo que esperaríamos de un sistema tan “primitivo”.

4.      Desde lo religioso: Quienes viven desde algún tipo de fe religiosa, asumen una serie de mandatos divinos que limitan sus deseos, pues se impone a ellos la pregunta sobre los deseos mismos de la divinidad (¿qué quiere ella para mi?), sobre los efectos trascendentes de las acciones (ideas como las de karma, pecado o salvación) o de los efectos inmanentes de las conductas (el mal actual como castigo).

Así las cosas, ¿queda un margen para la libertad en nuestras vidas? ¿Cómo experimentar esa idea, ese sentimiento, esa sensación de la que se habla tanto?

Pienso en dos maneras en las que esto es posible. La primera proviene de la reflexión filosófica, otra de la psicológica. La primera la encontramos en Platón con respecto a la experiencia de libertad que da tener tiempo para el conocimiento. El pensador colombiano Estanislao Zuleta sintetiza la propuesta platónica:

“En el Teeteto sostiene [Platón] que los filósofos son libres porque tienen tiempo, los científicos también son libres porque tienen tiempo, es decir, que son individuos que pueden declarar que están pensando o investigando algo sin conocer todavía cuál es el resultado; sin haber allegado la verdad y su demostración pueden sostenerse en la búsqueda del conocimiento. En cambio podemos decir que no tienen tiempo los abogados, los cuales tienen que juzgar en determinado momento, fallar inocencia o culpa y si no existen pruebas suficientes, declararlo inocente. Tampoco tienen tiempo del conocimiento los reyes, que continuamente deben decidir de toda índole de asuntos. Platón llama esclavos a abogados, reyes y gentes así, que carecen de tiempo, es decir, de libertad para pensar. “[1]



Cronos devorando a sus hijos. Goya
Este tema de la relación tiempo-libertad me parece de una actualidad tremenda, pues cada vez más, sobretodo en nuestras ciudades, vivimos bajo la tiranía de Cronos, el señor del tiempo que según el mito griego devora a sus hijos para evitar lo inevitable (su fin). En este sentido me parece que se trata de esta imagen arquetípica encarnada en el sistema financiero y político la que nos convierte en esclavos, en seres en el tiempo pero sin tiempo pues siempre está el fantasma del acoso sobre nosotros. Si es cierto que un día evolucionamos hasta el homo sapiens, ahora somos homo debitums, hombres de la deuda, o bien, hombres de la acumulación; en cualquier caso, seres humanos sin tiempo para detenerse frente a la vida y sus cosas más pequeñas. Es el peligro que corre quien tiene que mantener una posición económica o social con base en la venta total de su tiempo; creo que todos hemos conocido personas que incluso se sienten orgullosas o que llegan a alardear de no tener tiempo para nada, de llevar trabajo a casa o de casi no ver a sus familias, pues es una forma moderna de decir: “es que tengo un status qué mantener" (me cuesta la vida pero tengo un status). Por supuesto existen aquellos que se dan cuenta de esta condición y de sus efectos negativos, por lo que comienzan a introducir cambios en su vida; algunos son tan valientes que, de ser necesario, llegan a renunciar a las mencionadas nociones de  "estatus". Ellos renuncian al gran mundo de las “cosas importantes” y regresan a aquello que desde ciertos ámbitos había sido calificado como “sin importancia”, “lo inútil” o simplemente “lo pequeño”.

De tal manera que esta primera forma de experimentar la libertad, repito, se refiere a tener tiempo para detenerse frente a todo aquello que parece no dar réditos económicos o importancia personal, pero que puede metafórica y literalmente, salvar la vida.

En segundo lugar considero que la libertad puede llegar a nosotros de una manera clara y concisa como la posibilidad de decidir a partir del conocimiento profundo de las causas de nuestro deseo. Pero esto no es tan simple como parece.

Continuamente tomamos decisiones, es cierto, pero ¿Cuántas de esas decisiones son llevadas a cabo con base en determinantes inconscientes? Por ejemplo: Una mujer que ha tenido experiencias desastrosas con su padre, toma la decisión de alejarse de cualquier hombre que se le parezca. Contrae matrimonio y al cabo de los años se da cuenta de que este hombre, al madurar, se va pareciendo cada vez más a su padre. En un análisis profundo se da cuenta de que incluso ella misma ha estimulado esas conductas paternas en su esposo. Otro ejemplo: un hombre se queja continuamente de que todas las mujeres con las que ha establecido una relación amorosa le son infieles ¿Cómo es posible esto si él no lo desea para nada?

Es claro en estos, y en muchos casos, que mecanismos psicológicos a veces sutiles actúan desde las sombras, desde nuestras sombras, para producir tragedias tan habituales como las mencionadas. Ahora bien, si la mujer se divorcia de una manera impulsiva, es muy posible que en su próxima pareja se encuentre de nuevo con su padre (acorde a la tendencia de nuestros complejos a confirmarse una y otra vez). Esto se debe a que tomaría su decisión sobre el divorcio exactamente como un día tomó la decisión de casarse: inconsciente de lo que estaba buscando. Pero si aprovecha este “fracaso” para profundizar en los motivos por los cuales aún “necesita encontrar a su padre”, si descubre que aunque conscientemente le odia, inconscientemente desea honrarlo o reconciliarse con él por ciertos sentimientos de culpa, entonces tendrá un margen mucho más amplio de libertad sobre su decisión. Ya no “huirá de su padre”, todo lo contrario, confrontará esta imagen en su psique para poder decirle NO en la realidad ¡e incluso podría decirle que SÍ! ¡Podría reconocer lo que busca y necesita en una pareja aceptando que se trata de cualidades y defectos similares a los de su padre!, caso en el cual podría disfrutar de las primeras y cuidarse de los segundos, pero, en cualquier caso, disfrutar del sentimiento de afirmación y autonomía que da la decisión consciente.

En conclusión, la experiencia psicológica de la libertad se refiere a la posibilidad de tomar una alternativa cuando se sabe que se podría tomar la contraria. En el caso del hombre traicionado, este podrá “ver mejor” a las mujeres con las que se relaciona si descubre porqué las busca, para qué las atrae, qué tiene que aprender de ellas sobre sí mismo. La experiencia psicológica de la libertad conlleva la responsabilidad del individuo por su propio destino, por sus aciertos y errores, limitando la tendencia a andar buscando culpables o enemigos por todas partes, enemigos que nos eviten el trabajo de asumir nuestras vidas.

La libertad psicológica consiste, repito, en la capacidad de elegir algo cuando uno sabe en su interior que podría elegir lo contrario: elegir ser fiel porque se sabe que se podría ser infiel, elegir el dinero cuando uno es consciente de que podría vivir en la modestia. En otras palabras, este tipo de libertad implica el autoconocimiento para que no sea el miedo o cualquier otra emoción inconsciente la que decida por nosotros. Tenemos una imagen arquetipal de esta situación en el Ulises griego, quien, a sabiendas de que el canto de las sirenas sería para él irresistible, le pide a sus amigos que le aten al mástil al momento de navegar cerca de ellas. Muchos de sus amigos, en cambio, fueron devorados por ellas al entregarse a la fascinación de lo imposible: recibir amor de quien no lo puede dar.

Ulises y las Sirenas. Waterhouse 1891

Eso sí, importante es aclararlo, el alma es interminable e inagotable, por lo tanto la libertad siempre estará limitada por los nuevos descubrimientos sobre nosotros mismos que cada dificultad nos trae. Lo contrario sería ilusionarnos con el autoconocimiento, el autocontrol o la libertad definitivos.

NOTAS
[1] Zuleta E. (2004). Arte y Filosofía. Medellín: 2004


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