jueves, 15 de enero de 2015

Maduración psíquica y fanatismo


"El fanatismo es siempre una sobrecompensación de la duda". C. G. Jung


1. La maduración psíquica como proceso cíclico.


El radicalismo es propio de toda consciencia infantil. De niños necesitamos poner en marcha una función básica para el conocimiento del mundo: la función de diferenciación; motivo por el cual lo primero que hacemos es dividir la experiencia en opuestos radicales, bueno y malo por ejemplo. Es por ello que no es aconsejable negociar el carácter moral o ético de las cosas con un niño o una niña pequeños, no les haría bien pues están integrando apenas la relación con un mundo que puede resultar peligroso para la supervivencia, así, por ejemplo, necesitan saber que hay que alejarse del fuego simplemente; ellos correrían grandes peligros si se les dice que a veces podemos jugar con este elemento, pues aún no disponen de las habilidades para acercarse sólo un poco o para hacerlo rápidamente. En principio "alejarse" es lo que mejor comprenden, un consejo que internalizan con la simplicidad propia de su momento psíquico como "fuego malo" (creo que, en este mismo sentido, escuché alguna vez a un psicólogo cognitivo dar a los padres un consejo básico: "con los niños pequeños no se negocia la norma. Debe ser clara y no llamar a ambigüedades").

Al crecer aparece en nosotros el sentido de la ambigüedad, algunas veces dolorosamente para el sentimiento de que teníamos un aparato de reglas claras sobre el mundo: sobre lo que es ser hombre o mujer, lo bueno y lo malo, sobre la conveniencia o la inconveniencia de amistades y ambientes, etc. Descubrimos entonces que ya no podemos regirnos por el simple sentido común de los dichos populares, que no siempre el árbol que crece torcido jamás su tronco endereza (el moderno concepto de resiliencia se opone a ello) o que no todas las "malas amistades" nos hacen mal (el famoso "dime con quien andas..."). Esto da a nuestro desarrollo un tono de madurez, nuestras emociones ya no nos inundan permanentemente porque nunca algo será tan malo como para ser completamente atroz, ni algo tan perfectamente bueno como para convencernos de la perfecta felicidad o de que obligatoriamente durará por siempre. Jung afirmaba que cuando rezamos y pedimos "no nos dejes caer en el mal", también deberíamos tener cuidado de pedir: "no nos dejes caer en el bien", refiriéndose al hecho de que el bien absoluto también se vuelve un tirano para nuestra imperfecta humanidad. Creo que Clarissa Pinkola Estés se refiere a lo mismo cuando habla de "la madre demasiado buena" y lo perversa que puede ser esa imagen en la psique, un verdadero castigo si no se "deja morir" (en otro escrito desarrollaré la idea de el "día de las madres" y la peligrosa deificación de la figura materna). Los psicoterapeutas y analistas conocemos este drama de primera mano, los pacientes se quejan por ejemplo de que la imagen del padre que se habían construido y con la que vivieron toda su vida, cae bajo el peso de la confrontación adulta; para otros el golpe proviene del descubrimiento de que aquello que habían integrado como el "ser hombres", no funciona bien en la vida real, que les hace fracasar en sus relaciones o les hace infelices con respecto a ellos mismos. Esto por poner sólo dos ejemplos de esta falla fundamental de los ideales infantiles en la llamada "adultez".

Pero aunque nuestro encuentro adulto con el mundo resulte doloroso a raíz de este desencanto, de este darse cuenta de que lo que considerábamos seguro no lo es y que todo puede cambiar o tener múltiples significados, se trata de un fenómeno psíquico que nos permite acercar posiciones que considerábamos irreconciliables, o por lo menos respetar aquellas que creíamos totalmente equivocadas; de esta manera puede, con suerte, incluso surgir algo nuevo en nosotros que no replique ciegamente ninguna de las posiciones anteriores.

Me parece que lo que acabo de describir aquí sucede en todo proceso de integración, por ejemplo, en los procesos pedagógicos. Para aclarar este punto me permito poner un ejemplo de mi propia vida. Hay una cafetería de la Universidad de Antioquia a la que concurren masivamente los estudiantes de psicología, esto es así ahora y lo era en mis tiempos de pregrado. Recuerdo nuestras acaloradas discusiones sobre la preeminencia de una u otra corriente psicológica; discusiones basadas casi siempre en unos cuantos argumentos y en muchos, muchísimos prejuicios. Estas expresiones enconadas de radicalismo eran alimentadas por comentarios desafortunados de algunos profesores que, en sus clases, enarbolaban a su vez banderas igualmente construidas de argumentos o, tristemente, de prejuicios. Catorce años después de haberme graduado, comprendo aquellos momentos como fases infantiles, primigenias, de nuestro desarrollo como aprendices del alma. Aspiro seriamente, en mi caso personal, a una cada vez mayor ambigüación en mis posiciones frente al ejercicio de los colegas, pues me he dado cuenta de que, si soy coherente, debo aceptar que muchas personas no precisan de mi manera de trabajar y, en cambio, les viene a la perfección otro método, otra perspectiva. Lo único realmente deseable es que los terapeutas de todas las corrientes sean serios en su actuar y comprometidos con su saber y con su ignorar. Por otra parte, el alma humana es tan diversa, que pretender que lo que yo alcance a saber en diez, veinte, o cincuenta años sea suficiente para comprender a todas, es una total desfachatez o un acto de charlatanería.

De manera que podemos entender los procesos de maduración como movimientos en la psique que responden a las situaciones en las que nos encontramos. Lo que quiero decir con esto es que un radicalismo infantil dado puede aparecer como reacción a un momento inicial en el aprendizaje o la integración de algo (por ejemplo, tal vez sea completamente normal que hayamos sido junguianos radicales al descubrir la psicología analítica, para luego comprender que Jung y sus ideas son sólo eso, un hombre y unas ideas entre muchos y muchas más). En esta idea que podría denominar maduración cíclica (momentos madurativos), se incluye entonces el hecho de que no somos adultos de una vez por todas al alcanzar cierta edad, de que no existe el desarrollo psíquico tomado como una línea recta, continua, que va de la infancia a la vejez, que progresivamente nos hace más sabios o más tolerantes. En esto estoy siendo coherente con la teoría de los arquetipos de Jung al proponer que el arquetipo del niño y su omnipotencia (radicalismo de ser y saber), se activa en cualquiera a cualquier edad, porque a cualquier edad puedo enfrentar una situación en la que primero me tenga que convencer de alguno de los opuestos que la constituyen, para luego pasar al arquetipo del Senex (El Anciano) o del Trickster, que me daría las imágenes para dudar de esas seguridades. Si nuestra psique es dinámica tendremos que aceptar entonces que somos más este movimiento continuo en todos los sentidos (con sus oleajes y fracasos), que aquella aspiración de elevación (con sus pirámides y certezas).

En este punto un psicólogo optimista que me habita, me sugiere que quizás podríamos esperar que a más edad y a mayor número de experiencias de maduración cíclica, mayor rapidez en el proceso. Dejemos esa pregunta abierta por ahora pues, lo cierto, es que la fascinación (o el fanatismo como lo explico a continuación), se ha apoderado de personas de avanzada edad y de gran variedad de vivencias cotidianas.



2. El fanatismo como dinámica infantil.

Todo esto nos permite comprender los fanatismos de nuestra época (políticos, económicos, religiosos o deportivos), como estadíos, ojalá temporales, en los que una persona se polariza para integrar algo (un saber, la relación con un grupo o la búsqueda particular de poder). Si el proceso continúa como un ciclo de maduración dinámica, lo esperable es que el fanatismo decaiga, apareciendo la tolerancia y respeto por lo opuesto. De mantenerse el fanatismo sin alteraciones en el tiempo, nos encontraremos frente a un trastorno psicológico, definido como una detención psíquica, un estado de inmadurez o perseveración que hace daño al individuo y a quienes le rodean. Esto último, la destructividad con respecto al mundo y a las propias relaciones, sería el síntoma que nos hablaría de que se vive una situación enfermiza de fascinación con la idea política, el afán económico, el dogma religioso o la preferencia deportiva. Ahora bien ¿cómo es que tantos fanatismos colectivos se han mantenido durante tanto tiempo? ¿no deberían los individuos haber sido despertados por su propio proceso de maduración?. La explicación es tan simple como aterradora en cierto sentido; cuando una mayoría se halla en estado de enajenación, de fascinación con una idea, no hay punto de confrontación, de conflicto, no hay quien señale lo destructivo de la conducta, en otras palabras, los síntomas mencionados arriba no se ven, pues todos están de acuerdo en que "así son las cosas". Hay una imagen en el cine que a mi me parece muy precisa para esto que estoy argumentando; se trata de la película "El señor de las moscas".[1] Un grupo de niños es arrojado a una isla desierta luego de que su barco naufraga. Sólo un adulto sobrevive, ese que podría confrontarles o mostrarles otro punto de vista sobre sus acciones, pero desgraciadamente muere tempranamente en la historia. Lo que vemos desarrollarse es la acción de un grupo, el más fuerte físicamente, que construye toda una dinámica de relaciones de sobrevivencia de la que excluyen a quienes no están de acuerdo con ellos, o quienes no pueden integrarse por cualquier motivo. En la secuencia final un niño es perseguido, la selva se quema y él corre por su vida pues sus perseguidores se encuentran en un estado total de convencimiento de que lo correcto es eliminarle. La cámara sigue al niño hasta que la selva se acaba y este cae a la playa a los pies de un adulto. Cuando vi la película por primera vez recuerdo haberme sorprendido tanto como el niño por aquella aparición, me di cuenta de que yo también estaba tan metido en el mundo construido en esa isla, que había olvidado que se trataba de niños a punto de matarse, mientras que la imagen de la pierna de un soldado y luego su rostro, nos despertó a la confrontación, a la pregunta. El niño, en el suelo, rompe a llorar, sus perseguidores quedan petrificados y el recién llegado pregunta: "Pero... ¿qué están haciendo?". La cámara muestra por ultima vez a los acosadores armados de palos puntiagudos, con el rostro pintado y luego nos deja ver el mar abierto y un helicóptero que viene hacia nosotros.

Podemos imaginar lo que vino después. Aquellos niños convertidos en salvajes asesinos habrán tenido que volver sobre sus acciones cuestionándolas, siendo cuestionados. Pero esto sólo puede suceder por una intervención externa, por un punto de comparación que no es fácil de aceptar cuando uno está tan convencido, convencido hasta la fascinación ciega de una verdad. El fin de la segunda guerra mundial y el cuestionamiento que sufrió el nacionalsocialismo sobre su idea de lo que eran los judíos, habría sido otro buen ejemplo para lo que quiero explicar. En ambos casos sucede que quien está cobijado por la masa puede darse el lujo de no cuestionar sus acciones, debido a que sus relaciones sociales o intrapsíquicas no se ven afectadas. Se necesita mucho valor, o una psique muy especial, para cuestionarse uno cuando hay cien mil alrededor que le dicen que todo está bien como está (el peligro de hacerlo es además patente, la masa castigará a quien quiera cuestionar o salirse del rebaño, cosa difícil de enfrentar. En cuanto a esto sólo mencionaré otra película ilustrativa: "Historia Americana X"[2]).

Es claro que los líderes de cualquier grupo de poder se aprovecharán de estos momentos naturales de infantilismo psíquico por el que pasan sus seguidores, así como también es claro que dejan al individuo completamente solo frente a su responsabilidad de continuar en el proceso hacia una madurez crítica y respetuosa de la diferencia. Pero quizás esto sea lo que tenga que ocurrir naturalmente, quizás está en nuestra naturaleza que el avance madurativo sea un trabajo completamente individual; Jung afirmaba que la masa era bastante estúpida y que incluso tendía hacia el mal, queriendo decir con ello que la fuerza de la psique colectiva nos arrastra hacia cualquier lugar mientras que la reflexión personal, y el autoconocimiento, nos puede ayudar a resistir con un punto de vista original o, por lo menos, crítico. Por supuesto contra esta idea puede aducirse el hecho de que han sido los grandes movimientos de masas los que han transformado al mundo y han derribado terribles sistemas opresores, eso es completamente cierto, pero también es cierto que casi ninguno de estos grandes movimientos puede afirmar que en su lucha ninguna atrocidad ha cometido, cegado por la fascinación de su idea de justicia, por su propia conducta radical.

Termino con este video. Se trata de un experimento que muestra claramente lo frágiles que somos ante el poder de la masa. Esto se da, como lo he explicado, en situaciones de adaptación, que, en casos como este, es una adaptación a un evento momentáneo, pero estresante: el estar encerrado en un espacio muy reducido con un grupo de desconocidos.








Copyright © Lisímaco Henao H.

NOTAS

[1] Allen, L. (Productor) y Hook, H. (Director). 1990. Lord of the flies. E. U. Castle Rock Entertainment

[2] Morrisey, J. (Productor) y Kaye, T. (Director). 1998. American History X. E.U. Savoy Pictures



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