viernes, 16 de enero de 2015

Jung y el cristianismo

Jung y el cristianismo.

Por Lisímaco Henao Henao
Psicólogo. Mg. Psicología Analítica
Analista Junguiano IAAP

lisimacohenao@jungcolombia.com

 


Durante toda su vida, Jung vivió un proceso de relación con el cristianismo que muestra un desarrollo progresivo de ideas y sentimientos, en ocasiones contradictorios. En cuanto a su obra, podemos encontrar que en algunas ocasiones señaló que el Jesús en la cruz podía ser una buena imagen arquetípica del Self o Sí Mismo (el arquetipo de la totalidad), por estar él en estado de tensión entre los opuestos (representados por los personajes crucificados a izquierda y derecha suya). En algunos textos se queja del acto reformista de retirar las imágenes de los templos y reconoce al catolicismo por mantenerlas, pues ellas permitirían a la psique transferir una gran cantidad de emociones inconscientes que, de otro modo, nunca podrían encontrar elaboración consciente. Pero por otro lado podemos leer en otros sitios a Jung protestando contra un Cristo que no alcanza a mostrarse como símbolo que recoja también los aspectos oscuros de toda naturaleza o de los símbolos trinitarios como "carentes" en términos del cuarto elemento femenino. Sin embargo, el eminente psiquiatra de Zurich siempre defendió que, a pesar de todas las vicisitudes de la historia de esta religión, ella pertenecía, con sus símbolos, al carácter histórico de la psique occidental y que las religiones foráneas difícilmente lograrían dar respuesta al espíritu occidental, o que este tomaría aquellos tesoros orientales o nativos y los manipularía hasta traducirlos a su código de control y poder.

Según el analista Murray Stein, pueden incluso señalarse tres momentos o fases cruciales en la percepción del cristianismo por parte de Jung. La primera pertenece a la infancia del fundador de la psicología analítica. Desde muy pequeño se percató de la manera limitada y mecánica en que su padre (pastor protestante), vivía la religiosidad. Le parecía que aquel tenía una fe empobrecida y que quizás guardaba secretos resentimientos que le impedían tomarse a pecho su ministerio. Desde los dos y tres años de edad Jung tuvo sueños y fantasías que pueden catalogarse como completamente anticristianas, pues su contenido era, o bien pagano, o insultante para los símbolos y dogmas. Así fue como, en aquellos primeros años, soñó que bajo tierra se hallaba un lugar sagrado donde podía verse sobre el altar una enorme figura de carne con forma fálica. Más adelante, hacia los once años, no pudo evitar (aunque lo intentó), una fantasía en la que, sobre la torre de la iglesia de Basilea, Dios defecaba.

Según su autobiografía, la conmoción interior que aquellas imágenes le produjeron sólo se apaciguó cuando se hizo el siguiente raciocinio: yo no deseé esos sueños y fantasías, así que ¿quién pudo provocarlas? Respuesta: Sólo el mismo Dios, que quiere que sepa algo de él que los demás no saben y quizás no quieran saber… A partir de estas ideas, Jung llegó a una religiosidad personal en la que la naturaleza (representada por la divinidad subterránea de su primer sueño), tomaba el primer lugar. En mi opinión, en ese niño ya se manifestaba la bellota de aquel espíritu que se fascinó años después con la mitología y la religión griegas, una religión en la que cada elemento natural era una manifestación directa de la divinidad. En cuanto a la fantasía del dios defecando en su propio templo, esto sembró en Jung una necesidad auténtica de reflexionar sobre el asunto del cristianismo y las fuerzas que le iban minando poco a poco (no debemos olvidar que Jung fue un ferviente lector de Nietszche, ese filósofo a quien se le murió Dios y del que diría un Jung ya mayor, tuvo que construirse una divinidad a su medida: Zaratustra).


El segundo momento señalado por Stein, correspondería al conocimiento de Jung del papel que juega la proyección en la relación con Dios. Nos referimos a la transferencia como la posibilidad que tiene la psique de proyectar asuntos personales (relación con el padre, con lo masculino, el poder, el temor a la muerte, etc.), en otro ser real o imaginal, en este caso Dios. Pero en vez de tomar esta conclusión y afirmar que la fe en Dios es algún tipo de neurosis colectiva, Jung sigue profundizando y se da cuenta de que, una vez disuelta esta proyección, la necesidad de la imagen de Dios continúa viva en la psique, siendo llenada por todo tipo de imágenes perjudiciales para la libertad y la individuación humanas. Recordemos, por ejemplo, a aquella paciente, la “brillante filósofa” que luego de analizar la relación con su padre y la transferencia paterna en el analista, continuó teniendo sueños en los que un gran hombre la llevaba en brazos sobre un trigal; sueño que Jung interpretó como una necesidad de una vivencia puramente espiritual.

El tercer momento crítico de la relación entre Jung y el cristianismo tiene que ver con sus estudios arquetípicos, cuando comienza a conjeturar la necesidad en la psique humana de la imagen de un dios completo, es decir, un dios que incluya lo femenino, la naturaleza y, por lo tanto, la sombra. De esa manera, el ser humano podría encontrar respuesta a su propia totalidad genesíaca, natural y multifacética; una idea que encontramos en su Libro Rojo de una manera dramática: El ser humano no puede identificarse sólo con la mitad de lo que él es, aunque tampoco puede entregarse completamente a ninguno de sus opuestos. Esta idea de "negociación psíquica", es vital en términos de la integración y la humanización gradual del ser. A pesar de que cada religión percibe a Dios de una manera particular, pensaba, la psique tiende a completar esta experiencia del dios con los aspectos comúnmente desdeñados de la experiencia de existir en un cuerpo y en tres dimensiones.

Para Jung existe un espacio vacío en la psique occidentalizada, un espacio para esta imagen de “totalidad” que, por consiguiente, terminamos llenando con “totalitarismos” de todo tipo y creencias ciegas en sistemas políticos, personas, instituciones o ideologías (ello debido a que ningún arquetipo queda, en esencia, vacío, es decir, el humano tendrá que darle la imagen más parecida posible). Hacía 1939 había descubierto en la alquimia una respuesta a los interrogantes sobre este dios arquetípico y, nuevamente, fue una imagen interior la que le puso sobre la pista. En medio de la noche le pareció ver junto a su cama un crucifijo bañado en luz y de oro verde. Le pareció que aquello confirmaba su creencia en la necesidad de una imagen unificada en la que lo espiritual (El Cristo), incluyera lo divino de la materia y la naturaleza (simbolizado por el oro verde), un asunto en el cual los alquimistas medievales habían puesto todo su empeño. Para Jung la alquimia había intentado reestablecer la conexión con la materia que el cristianismo había perdido, debido a su temor al cuerpo y a las emociones.

Es importante aclarar aquí una vez más, que no se trataba para Jung de construir una nueva religión o de proponerse él mismo como profeta o guía religioso. En lo que hemos escrito hasta aquí no hay más que psicología pues, como ya se dijo, de no resolverse esta pregunta psíquica nuestra psique enloquecerá con fanatismos de los que ya vemos las más terribles consecuencias aquí mismo, en nuestro vecindario latinoamericano y en nuestro propio país. En cuanto a la pregunta por la existencia o no de la divinidad, la psicología no tiene nada que decir. Esa es ya una pregunta para guías e instituciones religiosas.

 

Al hablar de una  imagen completa de Dios que incluya radicalmente a la naturaleza, a lo femenino y al reconocimiento de la sombra, nos estamos refiriendo entonces a la inclusión y reconocimiento de todo aquello que el ego occidentalizado ha desdeñado desde siempre obligándolo a llevar una vida inconsciente, personal y culturalmente hablando. Murray Stein imagina entonces que el cristianismo es un paciente que necesita tratamiento, y que quizás Jung se pudo haber llegado a plantear la fantasía de dicho tratamiento por la vía de una mayor atención a los productos del inconsciente. No olvidemos que en algún punto el cristianismo comenzó a devaluar a los sueños (esos que fueron tan importantes en el hebraísmo antiguo), pues sospechaba que por allí podía colarse el demonio, esa imagen que suele representar tradicionalmente aquellos elementos reprimidos culturalmente.

Termino estos apuntes transcribiendo la fantasía que Stein se hace a su vez, sobre cómo sería la terapia de Jung para el cristianismo:


“Si personalizamos el cristianismo y nos lo imaginamos como un paciente que requiere una curación interior para sobreponerse a sus viejas divisiones y prepararse para la siguiente fase de su evolución, creo que podría salir de la consulta del doctor Jung con un mensaje bien claro, explícito o implícito. El mensaje al cristianismo diría lo siguiente: Ábrase usted a lo inconsciente. Honre los sueños. Permita que lo inconsciente derrumbe la catedral y le muestre una imagen más grande Dios, porque su Dios es demasiado pequeño y está demasiado constreñido en las casillas del dogma y del hábito. Reconozca que su tribalismo se basa en deseos, anhelos y proyecciones, y que está muy tergiversado, que tiene muy poco o nada que ver con la realidad. Permítase usted tomar en consideración los otros caminos que conducen a Dios como igualmente válidos y legítimos, y quizás también igualmente tribales y limitados, pero no abandone usted su historia, y no piense que las otras tradiciones pueden sacarle de apuros si se limita usted a aprender un puñadito de nuevas ideas sobre ellas. En vez de eso, céntrese en sus propios símbolos y en su propia historia, y deje que responda su inconsciente, confiando en que el Dios que se reveló en el principio responderá con símbolos de transformación y renovación. Pero debe usted estar preparado para asumir la responsabilidad de estas nuevas revelaciones, para ponerlas a prueba con sus mejores métodos de interpretación y discernimiento, no según lo que usted ya sabía, sino de acuerdo con lo que usted sabe que necesita y no ha encontrado aún. Y prepárese para sorprenderse. Sobre todo, prepárese para permitir a Dios ser completo. Es un riesgo enorme, pero su vida depende de ello.”  Murray Stein en “El principio de individuación”. Ed. Luciérnaga, Barcelona 2007

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