domingo, 25 de enero de 2015

Había una vez una antioqueño y un pastuso.

panoramio.com

Comúnmente nuestros relatos tradicionales expresan formas de ser y de actuar, apreciaciones que hace la cultura acerca de si misma sin que, la mayoría de las veces, los individuos lo advirtamos. Entre esos relatos se incluyen los mitos, leyendas y cuentos que van haciéndose populares y que, con el paso del tiempo, se convierten en legado de la cultura misma y en fundamentos de de la realidad. La autoría de tales producciones es incierta y es eso precisamente lo que las hace propiedad de todos y lo que nos permite identificarnos con ellas, sintiéndolas propiedad de nuestro psiquismo individual y colectivo.

Entre estas producciones colectivas, se destaca en Colombia un chiste que suele empezar así: “Había una vez un antioqueño, un bogotano y un pastuso…” o “Había una vez un antioqueño, un costeño y un pastuso…”. Este tipo de cuento contiene algunas características constantes: a) Sin importar el personaje que se nombra en medio, los de los extremos siempre serán un antioqueño y un pastuso, b) el antioqueño se caracteriza por una superioridad determinada, mientras que el pastuso resulta siempre inferior y casi siempre derrotado, y c) las características del antioqueño suelen estar determinadas por su habilidad intelectual y malicia, mientras que el pastuso se caracteriza por su torpeza e ingenuidad.

Nuestro programa de humor colombiano más antiguo “Sábados Felices”, impuso el estilo de, al momento de contar un chiste de este tipo, hacer saber a los espectadores que “es en Pasto donde se hacen los mejores chistes de pastusos”, denotando la necesidad de disculparse y aludiendo a una capacidad de las gentes de Nariño de burlarse de sí mismas. Sin embargo, debido a la forma en que estos chistes moldean una manera de diferenciación cultural, una forma mediante la cual la cultura antioqueña es resaltada en sus valores, creo que podemos suponer que el origen de este tipo de chistes es paisa. El hecho de que se haya tomado como objeto de diferenciación a las personas de Pasto, tiene hondas causas psicológicas de tipo colectivo que no son exclusivas de la cultura colombiana. Cada país genera el tipo “pastuso” para referirse a aquellas características negativas que le resultan incómodas; así por ejemplo, en España, donde “los gallegos” son utilizados en los chistes para ejemplarizar esas características que en Colombia atribuimos a las personas del departamento de Pasto. Pero ¿porqué escoger precisamente a estos grupos determinados?, la razón es bien simple, ellos representan un tipo de inteligencia poco valorado por occidente, una inteligencia matizada por el sentimiento, el apego a la tierra y a los valores tradicionales. Pero se parte, en todos los casos, de generalizaciones que no necesariamente hablan del desarrollo real de estos pueblos.

Los motivos psicológicos de este fenómeno encuentran su raíz en el hecho de que la construcción de identidad (individual y nacional), suele hacerse no solo con respecto a quienes creemos ser, sino también con base en la diferenciación de aquello que no queremos ser, lo que podríamos llamar un no-yo social. Ahora bien, en ese proceso los aspectos indeseados o molestos de la propia identidad, en vez de asumirse o aceptarse, se señalan en otros como una manera de evitar su confrontación. Este fenómeno, al cual damos el nombre de “proyección”, se da de una manera completamente inconsciente y lo encontramos los terapeutas y analistas constantemente en nuestro ejercicio.

La proyección tiene efectos negativos tanto sobre quien la ejerce, como sobre quien la recibe. Uno de estos efectos se refiere a la inflación producida en uno de las partes y la depreciación de la otra. En ambas partes se produce así una pérdida, pues en ambas se impide poner en cuestión posibles fallas en la autovaloración y en la valoración del otro.

Voy a ejemplarizar lo dicho en un caso muy cercano a todos los colombianos, el encuentro protagonizado en 2007 por el Profesor Gustavo Moncayo y el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez. Pero quiero aclarar que la finalidad última de este ejercicio no es tanto explicar el fenómeno de la proyección, cuanto mostrar cómo los relatos tradicionales mencionados arriba toman cuerpo y se hacen visibles de cuando en cuando en la realidad de una cultura.

Miércoles 1 de Agosto de 2007: tras una larga marcha desde su natal Pasto, buscando presionar un acuerdo humanitario entre el presidente Álvaro Uribe y las FARC que permita la liberación de su hijo y de todos los secuestrados en Colombia, llega a la Plaza de Bolívar en Santa fe de Bogotá el profesor Gustavo Moncayo. Una vez allí se dirige a la multitud para luego retirarse a descansar en una carpa instalada en la misma plaza.

Jueves 2 de Agosto de 2007: El presidente le visita en la carpa y discuten acerca de la propuesta del profesor. Seguidamente se dirigen al país, momento durante el cual el presidente comunica a la opinión pública sus conclusiones y el profesor Moncayo hace lo propio con las suyas.

Hay demasiados detalles en este encuentro que dan cuenta de la aparición del mito del antioqueño y el pastuso. A la izquierda de la tarima Uribe, el tono de voz elevado, categórico y por momentos estruendoso. No hay vacilación en la ilación del discurso. A la derecha Moncayo, un tono pausado y siempre sosegado. A veces el discurso se interrumpe, escoge las palabras con cuidado y a veces se corrige a sí mismo.

El discurso de Álvaro Uribe se llena de cifras y certezas estadísticas acerca de los resultados de su gobierno, de los logros en materia de secuestro y de seguridad en las carreteras, oponiendo su proceso de paz con los paramilitares a los fracasos de gobiernos anteriores con la guerrilla. El discurso de Gustavo Moncayo se puebla de casos particulares, de las necesidades de un hospital o de un grupo de trabajadores, incluso de su preocupación porque en un momento de la marcha los policías que le acompañaban no habían comido. El primero, sin vacilar, declara que “no puede cambiar sus convicciones”, el segundo pide a la concurrencia que escuche al presidente. El presidente se ampara en su popularidad después de cinco años de mandato y en el poder de sus resultados, el profesor en el dolor de la separación de su hijo y el miedo de que sea muerto en un intento de rescate. El presidente generaliza los resultados de los intentos fallidos, en pasadas administraciones, de convenir con la guerrilla. El profesor enfatiza en el dolor de los familiares de los secuestrados y las víctimas del conflicto.

Ambos discursos son inteligentes, de eso no cabe la menor duda. Ambos saben lo que quieren y lo plantean directamente. Pero detengámonos un momento y pensemos en los matices que, en cada caso, acompañan a dicha inteligencia. En los chistes del antioqueño y el pastuso, el primero utiliza la claridad conceptual y la habilidad en el discurso, mientras que el segundo se muestra ingenuo frente a su retador. Esta ingenuidad es mostrada como estupidez o falta de inteligencia, pero psicológicamente expresa, más que una carencia, un tipo de inteligencia diferente que ciertas personas tienen. Esta inteligencia se caracteriza por la capacidad de pensar en el individuo, en las causas particulares, un desarrollo de la intimidad con las cosas y con los seres; una capacidad de conexión con la naturaleza propia y la ajena. Carl Jung sugería calificar a este tipo de inteligencia como femenina, debido a que culturalmente ha sido el sentido femenino de la vida y su cuidado, el que se ha opuesto a aquél otro tipo de inteligencia que, en pos de las grandes causas, puede terminar sacrificando la vida misma (guerras, experimentación con personas, falta de apoyo a algunos países por no tener ellos recursos energéticos, etc.). Jung hablaba de lo dionisiaco y lo apolíneo en cuanto al sentido mítico de esta oposición, por ser el Dionisos Griego un dios de la naturaleza y la iniciación individual, mientras que Apolo rige un orden colectivo y todo lo ve desde las alturas inconmovible ante los pobres destinos humanos.

El hecho de que nuestro chiste tradicional no mencione este tipo de inteligencia en el pastuso, se debe finalmente a que la construcción de identidad antioqueña debe quedar resguardada, y por eso se mencionará al pastuso como al tonto que no entiende nada. Pero si hacemos analogía con los antiguos cuentos de hadas, es común encontrar en ellos que el hijo menor, el menos dotado, el tontín (como se llama al hijo menor del rey en el cuento de los hermanos Grimm “Las tres plumas”), termina resolviendo el acertijo y salvando al reino, precisamente porque se guía por una mal llamada ingenuidad, que más bien representa un guiarse por la intuición y el sentimiento, funciones subvaloradas por la cultura occidental, que en la modernidad elevó la racionalidad lógica y sus generalizaciones (sus leyes universales), al estatus de “la verdadera inteligencia”.

Pues bien, las diferencias en el tono de voz, en el tipo de argumentos y en los relatos que suelen acompañar los discursos de Uribe y Moncayo, así como las formas diversas en que son tratados por los medios (no hay que olvidar el reiterado “humilde profesor” utilizado por los periodistas durante la transmisión, que viene a caracterizar a Moncayo como alguien con un pensamiento sencillo y quien, según los ministros, no debería entonces hablar de política), todos estos rasgos que he señalado, dan cuenta de la aparición en la realidad colombiana de dos personajes arquetípicos anunciados desde hace tiempo por el chiste, y que, a todas luces, muestran una oposición fundamental en la forma de encarar la vida y la muerte, las necesidades y los duelos.

Puede observarse en la práctica psicoterapéutica, la aparición de un sistema de compensación psíquica que permite que cuando nos encontramos polarizados en una idea, un sentimiento o un deseo, surja en nosotros su contrario de alguna manera (mediante síntomas, sueños, ocurrencias, deseos, sensaciones, ideas o sentimientos), como un intento de autorregulación del alma. Es evidente, también, que este sistema no es exclusivo de la psique individual pues ha funcionado como regulador de grandes procesos colectivos (recordemos, por ejemplo, que hace 2000 años surgió una “religión del amor y el autosacrificio”, en momentos en que la crueldad y el sacrificio de los otros reinaba). En nuestro caso, uno podrá preguntarse si la aparición de un personaje del estilo de Gustavo Moncayo, no será un elemento compensador suscitado por el psiquismo colectivo colombiano, frente al estilo de un personaje como Álvaro Uribe. Uno podría preguntarse también, si no sería lo más sano escuchar esta señal, no para que, como en el cuento, uno resulte vencedor mientras que el otro queda totalmente desprestigiado (esto es sólo un efecto de la proyección en el chiste), sino para que advenga una cierta “salud mental colectiva”, más "comprensiva" y menos unilateral.

Copyright © Lisímaco Henao H.

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