miércoles, 14 de enero de 2015

El alma y el espacio


El alma del sitio y el sitio en el alma.

Yo no viví en España, yo viví en Barcelona. Una vez encontré un caballito de juguete en un parque público, aún lo conservo y siento como si algo cabalgara dentro de mí. El día que lo encontré estaba con el ánimo bajo pero él me trajo una intuición informe que me oleó de alegría, una alegría tierna y antigua (no sabía entonces que el caballo es un símbolo de esas fuerzas instintivas que logramos domar, pero que mantienen su autonomía de reacción frente al peligro y que, por ende, pueden desbocarse en el pánico... ¿era ese caballito también un augurio de ciertas situaciones posteriores?). 



Las calles angostas de la vieja Barcelona me recordaban a mi pueblo natal, por eso mi alma podía percibir su alma de pueblo. Pero se que yo también presenté mi alma a Barcelona, así, me recuerdo caminando por la inmensa avenida Diagonal con lágrimas en los ojos, lágrimas de esas que nacen en la añoranza. Dos días después Barcelona devolvió los favores: vi detrás de una iglesia a una chica llorando.

Por nueve meses Barcelona me atemorizó.  El paranoico de mi alma, el administrador del miedo, construyó para mí un tinglado de suposiciones, realidades y proyecciones; por ello alternaba cada día entre un perseguido y un perseguidor, entre un xenófobo y un extranjero. Después, vino la calma y la fiesta, los amigos y amigas de todas las nacionalidades; Barcelona entonces tenía alma planetaria. El paranoico de mi alma no pudo más que descansar y dar paso al puer y al trickster, un juguetón y un saltarín que se tomaban del brazo y gritaban ¡Barcelona!¡Estamos en Barcelona!

Barcelona fue el amor completamente, quiero decir, con todas las posibilidades de experiencias humanas que sólo el amor puede ofrecer. Barcelona entonces fue idilio, convivencia, destino y pasatiempo; fantasía, deseo, promesa y entrega; fue ansiedad, celos y hasta luego. Barcelona, y el amor fue puesto a prueba, la amistad y su capacidad de quererse más allá de los adioses y las verdades. Barcelona entonces fue un anillo, un puerto, un parque, una playa, un piso y una arboleda. Barcelona fue amor en completud.



Fue en el esfuerzo por la sobrevivencia y el aprendizaje que me encontré en medio de sus borrachos, sus extranjeros y sus viejos. Aprendí el oficio de cantinero que habían desempeñado mis tíos en Colombia y conocí el rostro de sus historias de inmigración en las desconfianzas sudaca-chino-marroqui-catalanas, y en los ojos llorosos de los abuelos que añoraban sus cunas en otras regiones de España.


Barcelona fue todo eso, pero sólo ahora recojo estas impresiones. Mi alma pasó por ese espacio ya descrito en una especie de presente continuo cuyo eco duró doce años. Ahora, terminado el eco de esa continuidad despierto, me detengo y puedo recorrer de nuevo ese tiempo dándome perfecta cuenta del alma de ese sitio y de ese sitio en mi alma.

Copyright © Lisímaco Henao H.

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