miércoles, 7 de enero de 2015

Celos y Amor

(Apuntes basados en la lectura de "Eros y Pathos. Matices del sufrimiento en el amor", de Aldo Carotenuto)

Cuántas cosas se han dicho de los celos: que son signo de inseguridad, de amor, de falta de amor, de inmadurez; igualmente cuántas veces hemos idealizado un estado amoroso sin celos. Yo mismo llegué a afirmar alguna vez que no era celoso, que estaba por encima de ese egoísta sentimiento e incluso me convencí de que vivía relaciones perfectas y limpias de posesividad. Lo que pasó después fue que un día me enamoré por primera vez...
Muchos best sellers se escriben en contra de los celos identificándolos con un demonio moderno llamado "dependencia"; compramos esos libros y adoramos a esos autores para, al final, sentirnos mucho más cargados de culpa que al principio, por no ser capaces de ser “completamente independientes” o “completamente generosos”, pero, ¿qué ser humano puede realmente vivir sin necesitar a algún prójimo conocido o desconocido? ¿No somos acaso sociales por naturaleza? ¿No es acaso esa nuestra esencia? Frente a estos deseos del ego de ser completamente cualquier cosa, Aldo Carotenuto afirma que los celos son maestros de la humildad. En mi opinión los autores de esos best sellers pueden ayudarnos a sostener ideales tales como “uno no debe ser celoso” o “uno no debe depender”, pero quienes trabajamos con seres humanos reales sabemos que la manifestación emocional existe y que ni la voluntad ni los buenos ideales pueden nada contra ella.


También tenemos excelentes explicaciones sobre el origen de los celos, siendo una de las mejores la que proviene del psicoanálisis freudiano: que se deben en el fondo a la añoranza de un amor perfecto e incorruptible, el primero, el que existió o debió existir en el origen de nuestras vidas, el de la madre (una añoranza, entonces, edípica). Según esto los celos son algo infantil, cuestión con la cual puedo estar completamente de acuerdo haciendo sólo una aclaración: el niño es algo indestructible en nosotros (arquetípico); realidad frente a la cual Carotenuto nos invita a ponernos en posición de aprendices antes que descalificar lo esencial de ese sentimiento:

"Perversamente, mantenemos y renovamos nuestro sufrimiento al tener presente, en forma constante, la posible pérdida del otro. A veces nos parece que sólo amando así nos sentimos vivos. Por otra parte, la persona que ansía el poder no puede vivir en este estado y por eso es que el poder y el amor no pueden coexistir. Una persona consumida por el deseo de poder no puede estar enamorada hasta los tuétanos, porque esto implica, entre otras cosas, estar completamente absorbido por algo que puede perderse en cualquier momento -y ser incapaz de impedirlo-.
Los celos son la fuente de tal sufrimiento, porque quien cae presa de este sentimiento ha llegado a la conclusión de que la vida no tiene sentido sin el amado. Esto lleva al amante a enfrentar su sentido de estar incompleto, conocimiento tan cargado de angustia que sólo su espectro nos impide dejarnos ir. Para enfrentar esta experiencia como ya he dicho, se necesita valor.
Los celos son una experiencia humillante. Quien jamás se haya entregado por completo, quien jamás haya aceptado el amor con todos sus riesgos, incluyendo la posesividad, ha vivido una vida falsa, hasta podríamos decir inflada. La aceptación de nuestra pequeñez y necesidad es un signo de madurez. Admitir la posibilidad de estar celoso significa asumir el riesgo de que nuestra vida evolucione sólo a condición de que el amado esté junto a nosotros. Por supuesto, esto es infantil, pero el niño que llevamos dentro tiene su opinión y debemos estar preparados para escucharlo.
Barthes escribe: «Como hombre celoso, sufro cuatro veces más: porque soy celoso, porque me culpo de serlo, porque temo que mis celos hieran al otro, porque me permito estar sometido a una banalidad: sufro por ser excluido, por ser agresivo, por ser loco y por ser vulgar».
Debemos permitirnos la posibilidad de sentir celos y debemos permitirnos vivenciarlos a fondo. Y esto significa hacer consciente la sombra. Es errado pensar que los celos pueden ser dominados con fuerza de voluntad.
Los celos son significativos porque nos permiten iniciar una nueva clase de confrontación. La verdadera declaración de intenciones entre dos amantes se produce dentro del rango de esta emoción. Antes de que surja, vivimos una ilusión de eternidad. Cuando nos percatamos de nuestros celos, estamos obligados a reevaluar la relación y así empieza otra fase, una en que los dos amantes vuelven a encontrarse en un terreno nuevo.
La comprensión de que el otro podría optar por dejarnos, nos lanza a un cuestionamiento total. Las relaciones deben ser revisadas constantemente desde este punto de vista. Además, cuando estamos enamorados, tendemos a deificar al otro y esto hace más dramática la situación. Estamos poseídos por nuestra fe ciega en el otro. Desde luego, ningún ser humano puede tolerar por mucho tiempo ser endiosado, y son los celos lo que proveen el camino a una visión más realista.
En último análisis, la destrucción de una fe que nosotros mismos hemos construido permite la caída de un velo: ahora podemos ver claramente que la pérdida no era una posibilidad remota sino una realidad corriente y siempre presente, un elemento inevitable de la relación amorosa. Nuevamente, es Barthes quien dice: «Es el temor de lamentar lo que ya ha ocurrido, en el origen mismo del amor, desde el momento en que fui “cautivado”. Alguien podría decirme: “No te angusties más – ya lo(a) has perdido”»"
"Eros y Pathos. Matices del sufrimiento en el amor", de Aldo Carotenuto (Editorial Cuatro vientos. Chile 2006).

Aldo Carotenuto es un analista junguiano de Nápoles (Italia); sus tres obras traducidas al castellano versan sobre el amor y sus vicisitudes. Tuvo acceso a las cartas que Sabina Spielrein envió a Jung y escribió a partir de ellas y de la correspondencia Jung-Freud el libro “Una secreta simetría: Sabina Spielrein entre Jung y Freud.” (Editorial Gedisa). También se ha traducido al castellano su libro “Amar Traicionar: casi una apología de la traición” (Editorial Paidós).

Copyright © Lisímaco Henao H.

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